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Por Omar Pérez
La Habana.- La derrota de Cuba ante Canadá en el Clásico Mundial no es solo un resultado deportivo. Es, en realidad, una fotografía bastante nítida del país que somos hoy. Durante décadas la pelota fue el orgullo nacional, la última trinchera donde el cubano podía mirar al mundo sin complejos. Hoy ni eso. Por primera vez en la historia quedamos fuera en la primera ronda, y lo peor no es la eliminación: lo peor es la sensación de que a nadie le sorprendió demasiado.
Hace tiempo que el béisbol cubano dejó de ser una potencia. Lo fuimos cuando el talento abundaba y cuando los peloteros soñaban con representar a su país. Ahora la historia es distinta. Los mejores jugadores se van, los campeonatos domésticos dan lástima y la estructura que debería sostener ese deporte está tan deteriorada como el resto de las instituciones del país. Lo de hoy frente a Canadá fue simplemente la consecuencia lógica de años de abandono, improvisación y propaganda barata.
En Cuba todo funciona igual: se vende un discurso grandilocuente mientras la realidad se cae a pedazos. El béisbol no escapa a esa lógica. Nos pasamos meses escuchando que llevábamos un equipo competitivo, que había talento, que esta vez sí. Y luego llega el torneo y ocurre lo inevitable: errores infantiles, ofensiva inexistente y una sensación permanente de inferioridad frente a rivales que antes mirábamos por encima del hombro.
Pero el problema no es solo deportivo. El desastre en el Clásico Mundial refleja algo mucho más profundo: un país que se ha ido quedando sin energía, sin incentivos y sin futuro. Así como los hospitales se vacían de médicos, las aulas de maestros y las calles de jóvenes, los terrenos de pelota también se vacían de talento. El resultado es este: un equipo sin identidad que juega como juega hoy Cuba, con más resignación que ambición.
La eliminación frente a Canadá duele, sí, pero sobre todo confirma una realidad incómoda. Cuba ya no asusta a nadie, ni en la economía, ni en la política, ni siquiera en el béisbol. Lo que antes era orgullo nacional hoy parece una metáfora perfecta del país: un proyecto que alguna vez prometió grandeza y que ahora apenas logra sobrevivir. Y lo más preocupante de todo es que, al igual que ocurre con la isla, nadie parece tener muy claro cómo revertir el desastre.