El monstruo que llegó tarde y se quedó para siempre

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Ron Perlman llegó a El nombre de la rosa como quien llega al último tren, con el abrigo puesto al revés y el destino hecho un nudo en el bolsillo. Porque en 1986, Jean-Jacques Annaud estaba contra las cuerdas. Buscaba a Salvatore, ese ser deforme que huele a miedo y a siglos de injuria. Primero pensó en Franco Franchi, humorista siciliano de mucho nombre y poco pelo. El problema fue la tonsura. Franchi no quería raparse. Probó con una pieza falsa, quedó ridículo, y al final dijo «arrivederci» dejando el rodaje a punto de naufragar.

Ahí fue cuando Annaud recordó a Perlman. Ya habían trabajado juntos en En busca del fuego, así que el director sabía lo que había debajo de aquella cara de roca primitiva. El problema es que Perlman, en Nueva York, estaba en la lona. Sin trabajo, sin un dólar y con el futuro más negro que una mina de carbón. La llamada del director fue como un salvavidas lanzado desde Europa. «Coge un avión. Ahora». Y Perlman, que nunca le hizo ascos a un milagro, empacó lo justo y salió corriendo hacia el aeropuerto.

El monstruo que llegó tarde y se quedó para siempre
Salvatores, el icónico personaje de El nombre de la rosa

El resto es historia con joroba y dientes rotos. Perlman no llegó como una estrella, sino como un actor dispuesto a desaparecer debajo de capas de maquillaje. Cada mañana, horas y horas de prótesis para convertirse en Salvatore, ese pobre desgraciado que carga en el lomo toda la crueldad de la Edad Media. No fue cómodo. Pero el cine, a veces, tiene esa justicia poética: los papeles más inolvidables no los interpretan los que más exigen, sino los que más se dejan hacer.

El momento exacto

Y así, un actor sin blanca y un director sin actor acabaron pariendo uno de los personajes más extraños y entrañables del cine europeo. Porque la belleza silenciosa de esta historia es que el éxito nace cuando todo amenaza con venirse abajo. Perlman no llegó a tiempo. Llegó justo cuando tenía que llegar. Y eso, amigos, es lo que separa una anécdota de una leyenda.

Así que ya sabes. La próxima vez que veas a ese monstruo tembloroso en El nombre de la rosa, recuerda que detrás hay un tipo al borde de la ruina que cogió un taxi hacia el aeropuerto sin saber muy bien si aquello era un nuevo comienzo o el último tren a ninguna parte. Afortunadamente, resultó ser lo primero. Y el cine, gracias a ese milagro low cost, ganó un rostro inmortal.

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