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Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Durante décadas el estrecho de Florida no fue una barrera entre Cuba y Estados Unidos, fue una autopista natural sobre el mar. Antes de 1959 existían ferrys que conectaban regularmente Florida con La Habana. Desde Miami y desde Cayo Hueso salían barcos cargados de turistas, empresarios y familias que cruzaban el estrecho en cuestión de horas.
El viaje podía durar entre seis y diez horas dependiendo del barco, y para muchos formaba parte de la experiencia misma del turismo. En aquellos años La Habana era uno de los destinos internacionales más visitados por los estadounidenses. Miles de personas cruzaban el estrecho cada semana para disfrutar de los hoteles, los cabarets, las playas y el comercio entre dos países que funcionaban prácticamente como vecinos inmediatos.
La distancia entre Florida y Cuba es de apenas unos 150 kilómetros. Es menos de lo que separa muchas ciudades dentro de Estados Unidos. Por eso durante la primera mitad del siglo veinte existía un tráfico marítimo constante. El ferry era una forma sencilla y popular de viajar. Se podía salir por la tarde desde Florida y llegar a La Habana la misma noche. Aquella conexión marítima reflejaba una relación natural entre dos pueblos separados por un tramo corto de mar.
Todo ese movimiento desapareció con la llegada del régimen comunista en 1959. Las relaciones se rompieron, el comercio se paralizó y el estrecho de Florida dejó de ser una ruta de intercambio para convertirse en una frontera política.
Desde entonces la imagen del mar cambió completamente. Donde antes navegaban ferrys llenos de pasajeros comenzaron a aparecer embarcaciones improvisadas hechas con madera, pedazos de metal, cámaras de camiones o cualquier cosa que pudiera flotar.
Durante más de seis décadas miles de cubanos han intentado cruzar ese mismo estrecho huyendo del comunismo en balsas frágiles y peligrosas. Muchos lograron llegar a tierra de libertad. Otros desaparecieron en el mar.
El estrecho de Florida también guarda la historia de esas vidas perdidas, de familias separadas y de personas que arriesgaron todo por escapar de un sistema que les quitó el futuro.
Pensar en una Cuba libre cambia completamente ese panorama. La geografía sigue siendo la misma y la distancia sigue siendo corta. El día que Cuba vuelva a integrarse plenamente al mundo y restablezca relaciones normales con su vecino del norte, lo más lógico sería que esas rutas marítimas regresen.
Ferrys modernos podrían salir nuevamente desde Miami o Cayo Hueso rumbo a La Habana, Varadero u otros puertos de la isla.
Imaginar ese momento es imaginar un cambio profundo en el significado de ese mar. Durante décadas el estrecho fue escenario de huida, desesperación y tragedias humanas. En una Cuba libre podría volver a ser lo que fue antes: un camino de encuentro, comercio y movimiento entre dos pueblos cercanos.
Quizás algún día un ferry salga de Florida al atardecer rumbo a La Habana y ese mismo mar que durante años vio partir balsas de desesperación vuelva a llenarse de barcos de pasajeros, de turistas y de familias viajando sin miedo. Ese día el estrecho de Florida dejará de ser una ruta de escape y volverá a ser un puente natural entre Cuba y la libertad.
Ojalá que todo lo que está ocurriendo ahora termine llevando a una relación con Estados Unidos tan estrecha que volvamos a ver a la península de la Florida y a la isla de Cuba como lo que siempre han sido en la geografía y en la historia: dos tierras hermanas, cercanas, conectadas y profundamente entrelazadas.