Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Max Astudillo ()
La Habana.- La historia de Cayo Falcones tiene un capítulo que el régimen cubano no quiere que se escriba. El balance oficial, ya de por sí terrible, ha sido modificado silenciosamente. Cuatro muertos en el tiroteo inicial. Seis heridos. Luego, uno de esos heridos murió en el hospital días después.
Ya son cinco. Pero la cifra no es lo más inquietante. Lo inquietante es lo que viene después: las familias han denunciado que las autoridades les comunicaron que iban a incinerar los cuerpos. De dos de los fallecidos en el enfrentamiento, ya lo hicieron. Y todos sabemos que un muerto cremado no permite estudios forenses independientes. No permite autopsias. No permite preguntas. Se convierte en humo y cenizas, literalmente.
Algo está ocurriendo en la morgue que no queremos ver. ¿Por qué tanta prisa por incinerar? ¿Qué prueba podría haber sobre los cuerpos que el régimen necesita borrar? Las familias, desesperadas, exigen respuestas. Pero en Cuba, las respuestas son un lujo que no está al alcance de todos, y menos cuando las preguntas apuntan a la actuación de los guardafronteras.
La cremación, en este contexto, no es un acto administrativo. Es un procedimiento que borra evidencias, que sella bocas, que convierte en cenizas cualquier posibilidad de verdad.
Mientras tanto, los seis heridos iniciales —luego cinco, luego cuatro, según se van muriendo— están bajo custodia. El gobierno cubano ha bloqueado sistemáticamente cualquier actividad consular. Nadie del exterior puede verlos. Nadie puede hablar con ellos.
Están aislados, incomunicados, en una celda o en una cama de hospital, da igual. Son prisioneros del castrismo, y su silencio es tan valioso como el de los muertos. Porque un herido que no puede hablar es como un muerto que no puede ser exhumado. La información se detiene ahí.
Uno empieza a hacer cuentas y las cuentas no salen. La versión oficial habla de una embarcación cargada de armas, de una incursión armada, de un enfrentamiento. Pero los números son tozudos: 25 armas largas, 11 pistolas, más de 12 mil municiones, chalecos, mochilas, equipos tácticos, según la superproducción televisiva montada por el régimen.
Sin embargo, en el tiroteo, solo un oficial de guardafronteras resultó herido leve. Leve. Con ese arsenal, con toda esa munición, ¿solo un herido leve? ¿No es extraño? ¿No es sospechoso que quienes supuestamente venían a matar apenas lograran rozar a uno?
Y luego está la otra pregunta, la que nadie se atreve a hacer en voz alta pero todos susurran en las colas del pan: ¿quién disparó primero? La versión oficial, la de siempre, es la misma: los guardafronteras fueron atacados y se defendieron. Pero si los que venían de Estados Unidos tenían semejante arsenal, si estaban dispuestos a todo, ¿cómo es que los guardafronteras salieron prácticamente ilesos? ¿Cómo es que los muertos son todos del otro lado? La asimetría del resultado no se corresponde con la asimetría de la fuerza que, según el relato oficial, se enfrentaba.
Tal vez, lo que el régimen no quiere que sepamos es que los guardafronteras sabían. Que no hubo enfrentamiento, sino emboscada. Que los diez hombres fueron traicionados antes de tocar tierra, que alguien en Florida, o en el camino, los entregó. De otra forma, no se explica tanta precisión quirúrgica en la interceptación, tanta eficacia en el fuego. La inteligencia cubana, tan torpe para predecir colapsos, tan miope para anticipar crisis, de repente se vuelve infalible cuando se trata de tender una trampa mortal en medio del mar.
El humo de las incineradoras sube hacia el cielo, aunque no haya petróleo, mientras las preguntas quedan sin respuesta. ¿Qué sabían los guardafronteras? ¿Quién disparó primero? ¿Por qué solo un herido leve entre las fuerzas del orden? ¿Qué esconden los cuerpos que ya no pueden ser examinados? Mientras el régimen acelera el horno crematorio, la verdad se desvanece entre las cenizas. Pero las familias no olvidan. Y los muertos, aunque incinerados, pesan más que todas las mentiras del Granma juntas.