
Quemado de Güines: del mulo “Tufi” al humo de la resignación
Por Eugenio Roque de Escobar ()
Miami.- Quemado de Güines, al menos el que guardo en la memoria de mi infancia y juventud, fue un pueblo limpio, organizado y celoso de su higiene. No era perfecto, pero había orden, había responsabilidad… y, sobre todo, había gente que cumplía.
Muchos trabajadores humildes, con salarios mínimos, asumían la honrosa tarea de barrer las calles y recoger la basura con sus carritos. Y lo hacían bien. Si los viejos hacemos memoria, recordaremos que no existían montañas de desperdicios ni vertederos improvisados en las esquinas. La basura tenía su curso, su disciplina.
Ahí estaba el carretón de sanidad del entonces ayuntamiento, tirado por su mulo —al que en una crónica bauticé como “Tufi”— y guiado por Lino, su conductor. Aquello no era tecnología de punta, pero funcionaba. Sin petróleo, sin discursos… y sin excusas.

El departamento de sanidad municipal tenía funciones claras, y las cumplía. Junto a los médicos, mantenían al pueblo libre de epidemias, en una época donde la educación higiénica brillaba por su ausencia. Porque hay que decirlo: los muchachos de entonces éramos expertos en “mataperrear” descalzos por el barrio, comer mangos y guayabas arrancados en los solares —como los de Pepe Vázquez o Benigno Morales— sin lavar, sin lavarnos las manos, y con el jugo chorreando por la cara mezclado con los mocos.
Aun así, sobrevivimos.
Los bichos nos los quitaba Miguelito Roura con metronidazol, y las abuelas resolvían las lombrices con piña de ratón y aceite de ricino. Medicina científica y sabiduría popular, en armonía improvisada.
En aquel mundo sencillo, “Tufi” y Lino cumplían su misión. Sin contaminación, sin combustible… solo con responsabilidad.
Hoy todo ha cambiado. O, para decirlo en términos más modernos, parece que la famosa “respuesta negativa” de la ecuación de Paul Dirac nos está arrastrando como pueblo hacia un agujero negro del que cada vez cuesta más escapar.
Tengo fotos que prefiero no mostrar por pudor y por vergüenza ajena. Pero no hacen falta: todos los quemadenses saben dónde se acumula la basura. Los que viven allí la padecen en carne propia; los que estamos fuera la sufrimos en el alma, porque todavía tenemos familia, recuerdos y raíces en ese pueblo.

Solo mostraré una imagen —la de la “gran solución” encontrada—: quemar la basura. Quemarla.
Justo en estos días leía sobre los peligros de esa práctica: humo tóxico, sustancias químicas, daños respiratorios… pero no hace falta un tratado. Cualquiera puede imaginar lo que significa vivir respirando esa mezcla.
A este paso, casi habría que elegir entre humo o cucarachas… y no sé cuál es peor.
La solución real no es un misterio: recoger la basura y llevarla al vertedero municipal.
Así de simple.
Pero uno se pregunta:
¿se acabaron los mulos en Quemado?
¿o ahora resulta que también consumen petróleo en vez de hierba?
¿A ningún cerebro brillante de comunales se le ocurre construir una carreta, como antes, para recoger los desechos? Porque lo que sobra es teoría… y lo que falta es sentido común.
En otros lugares —sin ir muy lejos— la basura no se quema: se cubre, se gestiona, se convierte en biogás mediante sistemas de captación. Se tapa con tierra, se canalizan los gases… se hace ciencia, no humo.
Ahí les dejo la idea, por si antes de que el agujero negro se trague también a comunales, alguien decide hacer algo útil.

Eso sí, casi es mejor que la famosa asamblea no haya llegado a conclusiones sobre producir carbón con la basura, porque ya bastante daño hicieron en su momento los hacheros de don Lobato, allá por los mil seiscientos, cuando acabaron con los bosques… y hasta con el río Manacal.
Quemado no necesita más inventos destructivos. Necesita soluciones.
Porque los problemas están ahí, bien claros: el agua, el alcantarillado, la electricidad, el combustible. Y hay personas designadas —a dedo o como sea— precisamente para resolverlos. Para eso cobran un salario y disfrutan de las prebendas del cargo.
Nada de eso va a caer del cielo. Ni lo traerá un barco ruso.
Así que, tal vez, en vez de esperar milagros… habría que empezar, como hacía “Tufi”, a caminar. Aunque sea despacio. Pero en la dirección correcta.






