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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- El gobierno cubano ha desempolvado con brío la «transformación» del modelo económico. Después de años de silencio sepulcral sobre el tema, de documentos clave donde brillaron por su ausencia menciones a la reestructuración, ahora resulta que la urgencia apremia. La pregunta que cualquier analista con dos dedos de frente se hace es: ¿por qué ahora?

Porque el contexto, objetivamente, es mucho peor que antes del 29 de enero de 2026, cuando el bloqueo petrolero de Trump no había asfixiado aún los pocos pulmones que le quedaban a la economía cubana. Si había que transformar algo, el momento ideal era antes. Sin embargo, en la lógica castrista, las cosas se hacen cuando ya no queda otra opción. No se hacen cuando sería inteligente hacerlas.

El timing de esta convocatoria huele a desesperación, no a planificación. Durante años, el gobierno guardó en un cajón la «Conceptualización», ese documento pre-COVID que pretendía sentar las bases del nuevo modelo.

Mientras tanto, llegaron la estanflación, el colapso energético, la caída de los aliados históricos, y tres documentos clave —ley de empresa, ley de propiedad y Programa de Gobierno— pasaron de puntillas sobre la transformación. Ahora, con la soga al cuello, Díaz-Canel descubre que hay que cambiar. Es como el capitán que ordena tapar las vías de agua cuando el barco ya se hunde.

¿Las negociaciones con EEUU influyen?

Hay quien sospecha que este repentino interés por la transformación responde a presiones externas, a eventuales intercambios con Estados Unidos donde el tema de la «apertura» económica está sobre la mesa.

El problema es que lo que el gobierno cubano entiende por «transformación» y lo que Washington entiende por «apertura» son dos conceptos que bailan en discotecas distintas. Además, mientras los americanos hablan de precios de mercado y expansión privada sin cortapisas, aquí se sigue pensando en un modelo donde el Estado controla hasta la respiración de las pymes.

La prueba de fuego, si es que este gobierno alguna vez se somete a una, sería la inclusión real de dos aspectos: cálculo económico basado en precios de mercado y una expansión del sector privado que no sea cosmética, que no sea ese «emprendimiento permitido pero vigilado» que tenemos ahora.

Lo curioso es que estas dos medidas no son ninguna novedad. El Instituto de la Economía de Crecimiento ruso las aconsejó hace años. El mismísimo líder vietnamita, en 2018, se lo sugirió a la cúpula cubana en una visita que prometía cambios y trajo decepciones. Pero en La Habana los consejos entran por un oído y salen por el otro cuando no vienen firmados por el Comandante.

Cambiar para Washington, no para el cubano

Lo más llamativo de todo es que no pocos cubanos favorecen esos dos componentes de una transformación real. No hablo de disidentes ni de contrarrevolucionarios, hablo de gente común, de la que madruga para hacer cola. También de la que emprende con lo que puede, de la que sabe que el precio justo lo pone el mercado y no un burócrata en La Habana.

El pueblo lleva años pidiendo eso a gritos, en silencio, en suspiros. Pero al gobierno le importa más el guiño internacional que el clamor doméstico. Quieren cambiar para que Washington los aplauda, no para que La Habana respire.

Al final, lo que estamos viendo es un brindis al sol, una maniobra de supervivencia que no engaña a nadie que haya visto los números de la economía cubana en los últimos cinco años.

Transformar el modelo sin tocar sus cimientos, abrir la economía sin soltar el control, prometer cambios sin cumplirlos… ese es el verdadero arte de la dictadura. Es un arte que conocen bien. Han perfeccionado esa técnica durante décadas. Además, ahora, en su versión más desesperada, pretende vendernos como novedad lo que no es más que la misma receta de siempre. Sobrevivir un día más, cueste lo que cueste, aunque el país se desangre en el intento.

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