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En 1920, el psicólogo John B. Watson y su asistente Rosalie Rayner realizaron un estudio que pasaría a la historia como el experimento del “Pequeño Albert”.
El objetivo era demostrar algo concreto: ¿Puede el miedo aprenderse mediante condicionamiento?
Para probarlo, trabajaron con un bebé de alrededor de once meses, conocido como “Albert B.” Al inicio, le presentaron distintos estímulos: una rata blanca, un conejo, un perro, máscaras y objetos peludos. El niño reaccionaba con curiosidad normal. No mostraba temor.
Luego introdujeron un segundo elemento. Cada vez que Albert tocaba la rata blanca, los investigadores producían un ruido fuerte golpeando una barra de metal detrás de él. El sonido lo sobresaltaba y lo hacía llorar.
Después de varias repeticiones, ocurrió lo que Watson quería demostrar. Albert comenzó a llorar al ver la rata… incluso sin el ruido. El miedo había sido condicionado.
Más aún, el temor se generalizó. El niño reaccionaba con angustia ante otros objetos peludos o similares, como un conejo o incluso un abrigo de piel.
El experimento logró su objetivo teórico: mostrar que las emociones, como el miedo, podían adquirirse mediante asociación. Pero dejó algo pendiente.
Nunca se documentó adecuadamente un proceso para eliminar ese miedo condicionado. El estudio se interrumpió cuando la madre del niño retiró su consentimiento y Albert dejó de participar.
Durante décadas, se desconoció la identidad real del niño. Investigaciones posteriores sugieren que pudo haber sido Douglas Merritte o William Barger, aunque existe debate académico. Tampoco hay evidencia sólida que confirme que viviera con fobias severas en la adultez ni que alcanzara los 87 años, como a veces se afirma en versiones populares.
Hoy, un experimento así sería éticamente inaceptable.
La psicología moderna opera bajo estrictos principios de consentimiento informado, protección de menores y bienestar del participante.
El caso del Pequeño Albert no solo influyó en la teoría conductista. También contribuyó, con el tiempo, al desarrollo de códigos éticos más rigurosos en la investigación científica.
Demostró que el miedo puede aprenderse. Y recordó que la ciencia, cuando olvida el cuidado humano, puede cruzar límites que no deberían repetirse.