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En los pasillos de Lecumberri, donde el miedo solía caminar primero y la esperanza llegaba tarde, comenzó a escucharse un nombre peculiar. Don José Menéndez. Pero casi nadie lo llamaba así. Era “El Hombre del Corbatón”.
Asturiano de origen, radicado en México, decidió hacer algo que muchos consideraban imposible y otros, imperdonable. Sin contar con un título formal que lo respaldara, comenzó a presentarse en los juzgados para defender a los más humildes. Campesinos, obreros, personas sin recursos que no podían pagar un abogado.
No cobraba honorarios elevados. A veces le pagaban con gallinas. O con guajolotes.
Lo que tenía no era un diploma colgado en la pared, sino determinación y conocimiento práctico de la ley. Y, sobre todo, una profunda incomodidad frente a la injusticia.
Empezó a ganar casos. Y con cada victoria crecía su reputación… y también sus adversarios.
Su éxito llamó la atención al más alto nivel. El presidente Álvaro Obregón ordenó su expulsión del país por usurpación de funciones. Para muchos, era un intruso. Para otros, una amenaza al orden establecido.
En el puerto de Veracruz, cuando estaba a punto de embarcar rumbo a España, ocurrió algo inesperado. Intelectuales y ciudadanos protestaron.
La presión fue tal que la orden se canceló. Menéndez pudo quedarse y continuar ejerciendo.
Años después, sería el presidente Miguel Alemán quien le otorgaría un certificado oficial que le permitía ejercer legalmente la profesión.
Sus enemigos no quedaron satisfechos. Decían que un abogado sin título dañaba al país. Él respondió con una frase que quedó en la memoria: “Más daño le hacen al país los títulos sin abogados”.
En una época donde el papel parecía pesar más que el compromiso, El Hombre del Corbatón recordó que la ley no solo se estudia. También se ejerce. Y que, a veces, la justicia comienza cuando alguien decide no mirar hacia otro lado.