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Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- Cuatro muertos. Seis heridos civiles. Del lado militar cubano, apenas un herido leve. Ese es, hasta ahora, el saldo del operativo contra una lancha procedente de Florida que ha vuelto a encender las alarmas y las preguntas incómodas.
El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, afirmó este miércoles que Washington responderá “en consecuencia” cuando disponga de todos los detalles. Y es lógico: lo ocurrido no es un hecho aislado ni puede analizarse en el vacío.
No es la primera vez que cubanos del sur de la Florida se lanzan al mar para intentar rescatar a sus familiares. Esta historia tiene décadas. Miles lo han intentado. Algunos lo lograron. Otros fracasaron. Y demasiados pagaron con su libertad… o con su vida.
Cuando yo estaba en prisión, al depósito llegaban diariamente no menos de veinte cubanos procedentes de Miami. Eran procesados y condenados a tres años por entrada ilegal y cuatro por salida ilegal. Porque, según la lógica oficial, quien entra ilegalmente también sale ilegalmente. Una ecuación perfecta… para castigar.
Pero el problema va más allá de las condenas. Existe un patrón documentado de uso desproporcionado de la fuerza contra civiles en el mar. Ahí están los antecedentes que el propio pueblo cubano no olvida: el remolcador 13 de Marzo y la embarcación del Río Canímar. Episodios distintos en el tiempo, pero unidos por la misma sombra: la respuesta armada frente a personas vulnerables.
El régimen de La Habana ha demostrado reiteradamente su dureza frente a quienes disienten o desafían su control desde posiciones de debilidad: periodistas independientes, defensores de derechos humanos, opositores… y ahora, otra vez, civiles en el mar.
Mientras tanto, la isla se asoma a una crisis de grandes proporciones agravada por la escasez de combustible. Las familias en Estados Unidos miran hacia Cuba con angustia real. Temen por sus seres queridos. Y en medio de esa desesperación, algunos se lanzan a travesías clandestinas que muchas veces subestiman el peligro.
Nada de esto justifica decisiones imprudentes. Pero tampoco puede ignorarse la desproporción cuando el resultado vuelve a ser el mismo: civiles muertos frente a daños mínimos del lado militar.
La pregunta que queda flotando sobre el Estrecho de la Florida es incómoda pero inevitable: ¿Qué harán ahora los castristas con esta gente? ¿se habrán encontrado rehenes americanos para negociar? ¿formarán el espectáculo de siempre acusando a estos inmigrantes como terroristas? Yo realmente no tengo una bola de cristal, pero lo que si tengo es la experiencia necesaria para saber que la puesta en escena va a ser grande.