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Por Ulises Toirac ()

La Habana.- Lo siento como a dos cuadras porque usa un silbato al que aplica buenos pulmones. Los vecinos que van a comprarle pan salen a las puertas. Siempre viene antes de las diez y media, cuando el sol se empieza a poner molesto. Es bastante mayor, delgado, la piel negrísima y los músculos y venas resaltan bajo la fina tela de su epidermis curtida.

Fue campeón nacional de no sé qué disciplina deportiva, por eso le digo: «Dime, Campeón. ¿cómo está ese pan hoy?» a lo que invariablemente responde: «Siempre de calidad, artista».

A veces me quedo hablando un rato de sus nietos o de la gente que le vende el pan a él, o de… Hoy yo estaba apurado pero le pregunté mientras él trasegaba la libra que quería escoger para mí:
—¿Y cómo te lleva la cosa?
—Batallando con la vida —respondió, pero detuvo lo que estaba haciendo y me miró directamente a los ojos.

La frase no quedó casual. En su voz me sonó sin disfraces ni filtros, cruda. Con el significado que otra gente no llega a ponerle. Quizás porque la suya es mucha batalla y mucha vida. Quizás porque no habla mierda y cada oración que dice le sale de las entrañas.

Siempre que tengo el dinero, le compro pan aunque no lo necesite mucho. Al final ese no llega a ponerse viejo. Y el Campeón sí. Y hay que atenuar su batalla de alguna manera.

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