
Agua y justicia: el lujo que el castrismo le niega a los niños cubanos
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- La historia de Sady R. Companioni es la historia de una familia que lucha por la vida de una niña de ocho años mientras el régimen juega a ser Dios con el agua. Su sobrina, la misma que aparecía en sus videos denunciando la falta del líquido, está ahora grave, con dengue hemorrágico y los órganos inflamados. Llevan días de hospital en hospital, y en ninguno la ingresaban. Hasta que, por fin, la admitieron, pero no para salvarla, sino para dejarla en una cama sin terapia, sin análisis, sin ultrasonidos. El sistema de salud cubano, ese que el régimen vende como «ejemplar», no tiene ni agua potable para los niños.
La niña vomitaba bilis con sangre, tenía fiebre y sangraba por las encías. No podía ni sentarse ni hablar. Y el personal médico, desbordado por la falta de recursos, solo atinaba a decir: «reposo, líquido y para la casa». La negligencia es tan evidente que duele: la niña estuvo todo el fin de semana con un suero de clorosodio ocasional, sin una prueba que indicara la gravedad de su estado. Y ahora, cuando finalmente se dieron cuenta de que está grave, no hay terapia en el hospital donde la dejaron. La solución: trasladarla a otro pediátrico, porque en este no hay. Pero el traslado no garantiza nada.
La tiranía del agua
Mientras la niña se debate entre la vida y la muerte, la delegada del poder popular, Yanelys, teniente coronel de las FAR, se pasea por el barrio como dueña del agua. Es ella quien decide quién tiene derecho a beber y quién se muere de sed. Porque en Cuba, el agua no es un derecho humano, es un arma política. Y Yanelys, como buena representante del régimen, la usa para castigar a los que se quejan. A Sady, su familia, por atreverse a denunciar, le negaron el agua. La misma agua que necesita su sobrina para sobrevivir. La misma agua que no tienen porque «no ha llovido», como si la lluvia fuera la única manera de conseguirla en un país que ha dejado morir sus sistemas hidráulicos.
La denuncia de Sady no es un caso aislado. Es la punta del iceberg de una crisis humanitaria que el castrismo se niega a reconocer. El dengue hemorrágico está matando a niños y ancianos, y el gobierno no hace nada. No hay campañas de fumigación efectivas, no hay medicamentos, no hay hospitales preparados. Y la gente, como Sady, se queda sin agua y sin respuestas, esperando que algún funcionario se digne a abrir la llave o a firmar un ingreso. La desesperación de esta madre, que confiesa que prefiere denunciar antes que ser cómplice de «estos hijos de puta», es el grito de un pueblo que ya no puede más.
Pero el régimen no escucha. No quiere escuchar. Porque escuchar implicaría reconocer que su sistema de salud es un cascarón, que sus delegados son tiranos de barrio y que el agua, ese derecho básico, es un privilegio que se concede a los leales. La historia de la sobrina de Sady es un espejo en el que todos los cubanos pueden verse reflejados: la agonía de un sistema que mata a sus propios hijos mientras los dirigentes se bañan en lujos. Y mientras la niña lucha por su vida, la pregunta sigue en el aire: ¿cuántos niños más tendrán que morir de sed para que el castrismo deje de jugar con el agua de los cubanos?






