
Veneno en la bandeja
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Japón, 1985. Alguien empieza a dejar botellas envenenadas en las máquinas expendedoras. No dentro. Encima. En la bandeja. Como si otro cliente las hubiera olvidado. Y la gente se las lleva.
El primero fue un camionero en Fukuyama. Compró un Oronamin C, vio otra botella ahí tirada y se la llevó también. Murió poco después. Paraquat. Un herbicida que no perdona.
La cosa se repite durante meses. Máquinas de todo el país. Bebidas adulteradas. A veces paraquat, a veces otras porquerías. Doce muertos para finales de noviembre. Trece, según algunos recuentos. Y lo más inquietante: las máquinas no envenenaban a nadie. Alguien ponía las botellas ahí a propósito.
La policía lanzó advertencias. Los fabricantes también. No te lleves bebidas abandonadas. Desconfía de cualquier botella extra. Pero la gente seguía muriendo. Y los investigadores empezaron a sospechar que no buscaban a un asesino, sino a varios. Imitadores. Sueltos. Sin conexión.
Nunca hubo un nombre. Nunca se demostró que fuera uno solo. Cuarenta años después, el misterio no es quién fue, sino cuántos fueron. Eso es lo que de verdad incomoda.



















