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Por Julia Elena Jareno Varcarcel ()

Tuve la dicha, mientras viví en Cuba, de conocer y entablar amistad con personas fantásticas, gente de gran educación y amplios conocimientos, trabajadores incansables que solo encontraban en el esfuerzo diario la manera de llevar a sus hogares lo poco que podían conseguir.

Con algunas de ellas todavía mantengo una comunicación esporádica. Sé que me leen, aunque no comenten, y respeto las razones que puedan tener para guardar silencio.

Precisamente por personas como ellos levanto mi voz. Porque sé que, muchas veces, mi sentir también es el suyo. Me duele ver cómo quienes, con un esfuerzo sobrehumano, lograron graduarse y convertirse en profesionales permanecen atrapados en un sistema que ya no tiene nada que ofrecerles, salvo hambre, escasez, miseria y represión.

A veces no sé qué decirles para darles ánimo. ¿Qué se le dice a alguien que ha estudiado, trabajado y luchado, pero sabe que el lugar donde vive se empeña en cerrarle todas las puertas?

Quizás solo pueda decirles esto: No están solos.

Hay quienes los recuerdan, reconocen su valor y no han olvidado sus esfuerzos. Mientras ustedes no puedan hablar, algunos seguiremos prestando nuestra voz para expresar lo que no pueden decir en voz alta. Porque callar ante la injusticia también sería una forma de abandonarlos.

No tengo respuestas ni promesas que ofrecerles. Solo puedo decirles que los veo, que entiendo su dolor y que no voy a mirar hacia otro lado.

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