La tortura de las cenizas: morir ahogado en polvo, así inventaba el miedo la antigua Persia

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Los persas, que tanto nos han dado en alfombras y poesía, también tenían un lado siniestro. Y no hablo de política, hablo de la tortura de las cenizas. Porque ellos, señores, no se andaban con pequeños disgustos. El condenado era arrojado a una torre o un pozo lleno de ceniza fina, como quien cae en un colchón blanco. El problema es que ese colchón mataba.

A simple vista, las cenizas parecen inofensivas. Parecen esas cosas que barres el lunes por la mañana y no te duelen. Pero el truco estaba en la respiración. Porque al caer, al moverse, al intentar salir de aquel hoyo de polvo… el polvo se levantaba, se metía por la nariz, por la boca, por los pulmones. Y entonces empezaba la fiesta.

Cuánto más se movía el tipo, más ceniza tragaba. Y más se ahogaba. Y más entraba en pánico. Y más se movía. Era un bucle de asfixia y desesperación diseñado por un psicópata con título de ingeniero. No necesitaban cuchillos. Ni cuerdas. Solo ceniza y tiempo. Y maldad, mucha maldad.

Lo peor no era el final. Lo peor era el camino. El condenado sabía que cada bocanada era su última bocanada. Que el aire se convertía en polvo. Que la vida se le iba en forma de tos. Y todo eso mientras los sabios persas miraban desde arriba, con la barba bien peinada, impartiendo justicia. Qué bonito civilización, ¿verdad?

Esta tortura no está en todos los libros, pero ha sobrevivido al olvido como un aviso. Porque en la antigüedad, el poder no solo mataba: enseñaba. Y la ceniza, amigos, era la tiza de aquella terrible escuela. Así que ya sabe, la próxima vez que barra, no respire hondo. Nunca se sabe quién puede estar tomando notas.

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