
Latino: manual de supervivencia
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Hoy comienza el Mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos (National Hispanic Heritage Month). Lo más difícil de ser latino para mí en este país no ha sido la fonética inglesa, sino sobrevivir al multiverso de las variantes del español.
Un día sientes orgullo y te desbordas escuchando a Celia Cruz, y al segundo estás sudando frío en una tienda con gente de cinco países distintos, calculando si la palabra que estás a punto de decir es un inocente verbo o una obscenidad catastrófica.
Mi paranoia léxica es real. Ya he tenido muchos tropiezos con la palabra guagua y con el verbo «coger», que en la Real Academia Española sirve para todo, pero de la mitad del continente para abajo es delito mayor.
Vivo con el freno de mano puesto, haciendo una gimnasia mental penosa día tras día para sustituirlo por «agarrar» antes de soltar la bomba y quedar como una degenerada frente al salvadoreño o al mexicano. Y no te equivoques con el «chivo», que, según la frontera, puede ser un trabajo inventado, un tipo genial o un tremendo lío.
La encrucijada del idioma y los problemas antropológicos
Al final, hablar en español entre hispanos requiere más diplomacia que hablarle a un estadounidense. Y te puedes pasar la vida preguntándote, en tu propio idioma, qué significa esto, mientras el otro te mira como si hubiera estado hablando en danés o en noruego…
A esa encrucijada del idioma se le suman algunos problemas “antropológicos”. A veces el tropiezo no es con el vocabulario, sino con la arrogancia. Duele ver a un paisano que, por el simple hecho de estar del lado del cliente o hablar inglés, se monta en un pedestal de cartón y mira por encima del hombro al que le está sirviendo y que solo habla español.
Pero, bueno, esa no es una marca registrada de la hispanidad; es una tara universal de la condición humana, esa necesidad absurda de sentirse rey aunque sea reinando en un mostrador de tres pies. Y se repite en cualquier rincón del mundo donde alguien confunde tener un servicio con tener sirvientes.
Los latinos tenemos la capacidad diaria de cargar con el trabajo duro, esquivar la mezquindad ajena con la cabeza en alto y reírnos de la trampa verbal en la que nos metemos solos cada vez que abrimos la boca.
Nuestra verdadera riqueza está en esa dignidad que no se compra en ninguna tienda y en la certeza de que, como se diga en cada rincón, compartimos la misma fuerza para salir adelante.



















