
Umberto Eco: el hombre que lo leía todo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Umberto Eco era de esos tipos que te hacían sentir irremediablemente inculto con solo mencionar la lista de cosas que le interesaban. Semiólogo, filósofo, medievalista, crítico literario, columnista y, por si todo eso fuera poco, novelista de éxito planetario. Pero lo suyo no era la erudición de museo, esa que acumula polvo en los estantes; era la erudición viva, juguetona, capaz de encontrar conexiones entre Santo Tomás de Aquino y James Bond sin que pareciera un chiste. Eco no sabía de todo: Eco hacía que todo tuviera sentido junto.
En 1980, con casi cincuenta años, publicó su primera novela como quien lanza una botella al mar sin esperar respuesta. El nombre de la rosa era un thriller medieval protagonizado por un monje franciscano llamado Guillermo de Baskerville —guiño evidente a Sherlock Holmes— que investigaba una serie de crímenes en una abadía benedictina. La novela arranca con una descripción de un portal esculpido que ocupa varias páginas y está escrita en un latín salpicado de citas apócrifas. Cualquier editor sensato la habría rechazado por invendible. Se convirtió en un fenómeno mundial, traducido a más de cuarenta idiomas, adaptado al cine con Sean Connery y devorado por millones de lectores que, de pronto, descubrían que la Edad Media podía ser más apasionante que un episodio de CSI.

Otras novelas, otros estudios
Luego vinieron El péndulo de Foucault —una novela sobre tres editores que inventan un plan maestro de dominación mundial y terminan creyéndoselo ellos mismos—, La isla del día de antes, Baudolino y El cementerio de Praga, entre otras. Todas compartían un mismo ADN: una erudición apabullante puesta al servicio de la trama, una obsesión por las conspiraciones, los manuscritos secretos y las falsificaciones históricas, y una capacidad única para convertir bibliotecas enteras en material narrativo. Eco no escribía novelas para escapar de la academia: escribía novelas porque la academia se le había quedado pequeña.
Pero antes que novelista, Eco fue durante décadas un referente mundial en el estudio de la comunicación. Su Tratado de semiótica general es una de las obras fundamentales de la disciplina, y sus ensayos sobre cultura de masas —recogidos en títulos como Apocalípticos e integrados— siguen siendo lectura obligatoria para cualquiera que quiera entender cómo funcionan los medios. Eco analizaba con la misma seriedad un cuadro de Rafael y un episodio de Superman, convencido de que la cultura popular no era un subproducto degradado, sino un campo de batalla donde se libraban las mismas guerras simbólicas que en la alta cultura. Solo que con más audiencia.
Eco era, en el fondo, un optimista desconfiado. Creía en la interpretación, no en el dogma; en el lector activo, no en la audiencia pasiva; en la complejidad, no en la simplificación. Y dedicó su vida a demostrar que se podía ser profundamente riguroso sin dejar de ser profundamente divertido. Cuando murió, en 2016, dejó una biblioteca de más de treinta mil volúmenes, varias novelas inolvidables y la certeza de que el conocimiento, cuando se comparte con inteligencia, es la forma más alta de generosidad.






