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Por Roy Pérez

Londres.- Y de repente, un día, ya viejos y cansados, nos levantamos y descubrimos que casi todo está autorizado

Tener negocios más grandes, asociarse, invertir, crecer, contratar más trabajadores, abrir nuevas empresas, comerciar con el exterior…

Y entonces recordamos que cuando teníamos juventud, fuerza, talento, disciplina y deseos de salir adelante, muchas de esas cosas estaban prohibidas o severamente limitadas .

Miramos hacia atrás.

Pensamos en los proyectos que nunca nacieron, en las oportunidades que dejamos escapar, en los años que pasaron esperando permisos, cambios o aperturas que nunca llegaban.

Y movemos la cabeza de un lado a otro.

Porque ya no estamos hablando de errores económicos.

Estamos hablando de vidas.

De generaciones enteras a las que les dijeron que no se podía, para terminar reconociendo décadas después que sí se podía.

De hombres y mujeres que no fracasaron porque les faltara talento o voluntad, sino porque alguien decidió por ellos hasta dónde podían llegar.

Y esa es quizás la parte más difícil de explicar.

Porque el dinero perdido puede recuperarse. Las empresas pueden abrirse. Las inversiones pueden llegar.

Pero nadie puede devolverle a un pueblo los años que le hicieron perder.

Nadie puede devolverle la juventud a una generación.

Y ninguna reforma, por profunda que sea, podrá borrar una pregunta que seguirá acompañando a millones de cubanos:

Si esto era lo correcto, ¿por qué nos obligaron a esperar toda una vida para reconocerlo?

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