
El cura que quería salvarnos del pan blanco y de nosotros mismos
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Sylvester Graham era un ministro presbiteriano con una misión clara: salvar a la humanidad de sus instintos más bajos. Mientras otros reformistas luchaban contra el alcohol o la esclavitud, él se declaró en guerra contra lo que consideraba el pecado original del cuerpo: la masturbación, el sexo sin fines reproductivos y, por supuesto, la carne. Porque, según su lógica divina, lo que entra por el estómago termina excitando lo que no debería excitarse. Y en una América que se estaba volviendo loca, Graham llegó con su recetario moral.
Su solución fue la dieta Graham: frutas, verduras, pan integral y cereales, pero nada de carne, nada de especias y nada de placer. Eso sí, con moderación se podían tomar huevos o leche, pero sin pasarse, que ya se sabe cómo empiezan las tentaciones. Acompañaba el régimen con baños diarios, aire fresco y ejercicio, que tampoco está mal. Pero no se engañen: todo tenía un solo objetivo, mantener a raya los impulsos carnales. Porque para Graham, un cuerpo sano era un cuerpo casto, y un cuerpo casto era un cuerpo que no pensaba en pecado.
Pero su gran obsesión fue el pan. En su tratado de 1830 denunció que el pan blanco industrial era un veneno, adulterado con tiza y aditivos, y símbolo de la decadencia moderna. Así que inventó su propia harina integral y su propio pan, el pan Graham, que hoy sobrevive en forma de galletas industriales que él detestaría. Y mientras carniceros y panaderos querían lincharlo, un puñado de fanáticos, los grahamitas, lo seguían como a un profeta. Eso sí, él nunca quiso patentar su harina, porque su misión era divina, no comercial. Pero la pobreza fue su fiel compañera hasta el final.
Y luego llegó su discípulo más famoso, John Harvey Kellogg, que llevó el evangelio grahamita al desayuno. Inventó la granola y los corn flakes para que los niños empezaran el día con algo que, según él, les quitaba las ganas de tocarse. Y si no funcionaba, recurría a métodos más expeditos: circuncisiones sin anestesia, jaulas, descargas eléctricas y, para las niñas, ácido carbólico en el clítoris. Todo por el bien de su alma. Porque, claro, un niño con dolor no tiene tiempo para pensar en pecado.
Así que ya saben: si hoy desayunan cereales o siguen una dieta vegetariana, le deben algo a este predicador del siglo XIX. Pero no se emocionen, porque él no quería que disfrutaran, sino que se controlaran. Y si levantara la cabeza y viera sus galletas Graham en los supermercados, llenas de azúcar y conservantes, probablemente se volvería a morir de la rabia. Pero al menos, querido lector, cuando cojas esa caja de cereales, recuerda: no es solo desayuno, es una advertencia. Reprime tus impulsos, pecador.






