
No mires arriba: el kitsch como anestesia mientras Cuba se desmorona
Por Hermes Entenza ()
Núremberg.- Cuba se desmerengó hace décadas, pero los escombros aún no han llegado al suelo. Solo algunas piedrecitas y ladrillos adelantados han aterrizado con furia contra la tierra baldía. Vendrá más caos, más destrozo en forma de lluvia, y aún no será el fin, porque los finales de novela son complicados e impredecibles.
Se marcharon Iberostar, Aston, Blue Diamond y ahora Meliá, huyéndole a esos escombros que están por caer. Esas firmas hoteleras nunca estuvieron del todo, porque el 95 % de los cubanos reales nunca pudimos ser huéspedes en sus hoteles y villas de recreo. Esos lujos fueron solo para los cubanos de aro, balde y paleta; o sea, los cortesanos del poder y el poder mismo.
Hoy o mañana se irán otras firmas extranjeras y dirán: «Ñooo, es que no se puede con tanto problema y control». Los cortesanos repetirán el libreto de siempre: «Es la presión externa que los ha obligado a irse». Pero recuerden: esas firmas nunca fueron para nosotros, los mendicantes, los tontuelos, los hacedores de una nación. O sea, Liborio.
El derrumbe total está a la vista, pero en Varadero se invierte en una fiestona enorme y horripilante que funciona como droga. Una especie de fentanilo nacional que pone a bailar y a menear las nalgas a una juventud que no mira hacia arriba para cerciorarse de que el cielo se les cae encima en cualquier momento.
Ver los videos de la fiesta es confirmar que todos desentonan. Por mucho que canten de forma aberrante, no logran atenuar los gritos del niño pidiendo comida en La Habana mientras la policía se llevaba a su madre, ni impiden que el sonido de las cazuelas en toda Cuba se haya convertido en el himno nacional de la isla.
¿Recuerdan No mires arriba (Don’t Look Up), la película que arrasó con cuatro nominaciones al Óscar en 2022? Jóvenes científicos descubren que un asteroide destruirá la Tierra, pero la propaganda internacional impone no mirar arriba para que la humanidad no vea el desastre real, mientras la fiesta y la pachanga nublan la razón de los humanos. Está muy claro: el proceso de destrucción moral de un gobierno, a la corta, se convierte en un proceso kitsch.






