
Las ala del corazón (II)
Por Eduardo González Rodríguez ()
Santa Clara.- Como a las cuatro de la tarde le dije a mi viejo que iba a participar en el escrutinio. Él refunfuñó un poco y me preguntó «¿Para qué?» Dijo, una vez más, que yo era un dolor de cabeza y repitió que me iba a buscar un problema. Yo era joven, pero ya estaba cansado de que por cualquier cosa te advirtieran de que podías buscarte un problema o de que te marcaran como a las reses de una cooperativa.
Cuando el hombre que estaba al frente del protocolo de las votaciones me vio en el colegio electoral, sonrió con ironía. Era lógico. Imagino que pensó «el peluito jodedor del primer piso -todavía tenía pelo- no vino a votar y ahora quiere participar del escrutinio». Pero yo sabía lo que estaba haciendo y quería que, por respeto a mi papá, ellos también lo supieran.
El colegio se hizo en la escuela Julio Pino Machado del Reparto. Todo hubiera sido muy serio, muy digno, muy honesto, si cuando comenzaron a desdoblar las boletas no hubieran muchas en blanco, otras con dibujos obscenos y algunas con una cruz que atravesaban la hoja de votación. Aunque sabía que eso ocurriría, sentí vergüenza.
Después de cancelar muchísimas boletas, terminaron el conteo y seleccionaron al ganador. Esa parte no me interesaba. Lo que quería era hablar con el responsable y regresar a mi casa. No recuerdo ahora el nombre del jefe de Protocolo. Muchos lo conocíamos, no sé por qué, por «plan vianda». Está vivo todavía y nunca fue un mal tipo. Solo era un hombre que cumplía con su trabajo.
Al final, pude hablar con él tres o cuatro minutos. No puedo reproducir exactamente cuáles fueron mis palabras, pero le dije algo así como que me parecía más honesto no ir a votar, que fingir que lo hacía por convicción y terminar pintando en la boleta esos penes infantiles que los adolescentes garabatean en los baños escolares o en las paradas de las guaguas. Le dije, además, que como en el barrio todos creían saber cómo yo pensaba y que quizás ya tenían hasta un diagnóstico ideológico para encasillarme, si yo hubiera participado en la votación, podrían pensar que alguna de aquellas boletas fueron rayadas o pintadas por mí.
Después de aquello me saludaba siempre con un «Eduardito, cará…» y creo que más de una vez compartimos un café. Nunca más mi papá me habló de ir a votar. Nunca he cuestionado a nadie por asistir a una votación, ni a una marcha, ni a una reunión. Cada persona es responsable de su vida y de su fe. Lo único que no he soportado jamás son los actos de repudio y la manera grosera, poco ética, oportunista y vulgar, con que se intenta denigrar al que piensa diferente.
Cuando se hizo la campaña para firmar el carácter irrevocable del socialismo, yo no firmé. Y no firmé porque dialéticamente «todo cambia, salvo la ley de los cambios». Lo que es eterno siempre me pareció aburrido o estresante. Al final perdí por una mayoría aplastante. Íbamos a ser socialistas por los siglos de los siglos y mi opinión en lo adelante no valdría un centavo porque estaba en el bando de los perdedores.
Lo molesto del asunto es que los que firmaron aquella vez, ahora aplauden también las medidas abiertamente capitalistas de la economía. Y no es confuso para mí. Lo entiendo de una manera simple, como el cuento del tipo que va en el carro y pone el intermitente hacia la izquierda, pero dobla hacia la derecha. Es lo que estamos haciendo. O sea, terminaremos llamándole socialismo a cualquier cosa. Aquello, lo eterno, está durando menos que un merengue en la puerta de un colegio.
Un día, si Dios quiere, haré uso de mi derecho al voto ganado con la sangre de muchísimos patriotas. Pero no por un tipo que veré por primera vez antes de hacer la votación y guiandome únicamente por una biografía que diga «fulano de tal nació en el seno de una familia humilde…» Ni siquiera voy a votar por un Presidente por sus promesas o carisma. Votaré, si se da el caso, por un proyecto de país mejor que este que tenemos. Tiene que ser mejor. Un proyecto que dé algún fruto en un lapso de tiempo de cuatro años y que pueda ser disfrutado por la mayoría del pueblo y no por la minoría que se pasan el balón del poder sin que les haya costado ningún sacrificio, ninguna miseria y, sobre todo, ningún compromiso verdaderamente humano.
PD: El 90 % de mi generación nació en el seno de una familia humilde. Y hoy, nuestros hijos y nietos siguen viviendo en el seno de una familia humilde. O poco menos que humildes.






