La biblioteca y el glaciar

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Por Renay Chinea ()

Barcelona.- No hay nada más errado que muchos hombres juntos. Sea una prisión, un estadio o un equipo de lo que sea:

—Los machos no andan juntos. Punto.—decía mi padre.

Y esa era la regla en su sistema de educación. Los machos andan solos… y ni siquiera explicaba por qué.

No sé si fue solo a los guajiros a quienes nos educaban así… o si era solo en mi familia. No lo sé.

Al cabo de los años, uno se va dando cuenta de que llevaba razón. De hecho, en el servicio militar, en la cárcel, en las movilizaciones de masas… un hombre entre un conglomerado de hombres busca la soledad, como busca un pez los remansos de agua solitaria. Suele ser más cristalina.

Así fue como fui a parar a “La biblioteca”.

Porque, aunque ustedes no me crean, el servicio militar engendra lugares increíbles, y uno era la biblioteca. Voy otra vez: el servicio militar es la estupidez más grande que impone una sociedad a los hombres congregados. A diferencia de la cárcel, el recluta no ha cometido delito.

La biblioteca es el remanso donde recalan los sedientos de soledad: es decir, casi nadie.

El hecho es que fui a parar allí una mañana.

El concepto de los oficiales jefes es que los libros son un adorno. Dan por sentado que nadie iba a leer. Y razón no les faltaba.

La biblioteca es un reducto caluroso, con techo de uralita y cabillas corrugadas. Los anaqueles están repletos de libros de la editorial Progreso, rusa. Las lujosas e intocadas Obras Completas de Lenin… El tocho enorme de El Capital… y otras tropelías a la verdad histórica.

En una última sección, apartada y minúscula, estaban los libros de las editoriales nacionales. Allí, en la colección Cocuyo, de la editorial Pueblo y Educación, me encontré aquel particular librito: una selección de obras de William Shakespeare.

En abril de 2004, andaba yo vagando por una carretera suiza. Lo cual no es ni calamidad ni beneficio, sino todo lo contrario: la belleza del paisaje suizo es de tal magnitud que todo viaje exterior estremece por dentro.

No podía más resistir mi primer invierno en Ginebra, así que cogí el coche y me largué al Ticino, a la frontera con Italia, a escapar un poco de la eterna bruma del lago Lemán.

A la vuelta, donde paré a comerme unas salchichas con patatas en un lugar de carretera, me entero de que arriba está el glaciar más grande de los Alpes. Y un teleférico… y una terraza alpina… y fue suficiente para mí.

A los pocos minutos iba por primera vez en ese artefacto inconcebible que es el teleférico.

Abajo, como una víbora plateada, el Ródano partía en dos el valle verde de Mörel-Filét, ya entrado en primavera.

Arriba, las vetas del glaciar jaspe-turquesa daban un aire de joya abandonada entre dos montañas blancas… y el resto, todo es nieve. Mucha nieve que, con el sol ya incandescente, comenzaba a derretirse y emprendía el largo viaje hacia el Mediterráneo, a través de grandes riscos y de media Francia, como haría yo mismo unos meses después.

De pronto, bajo mis pies, entre la blanda nieve, descubrí unas florecillas azules. Al apartarla, me di cuenta de que el suelo, que yo lo hacía muerto, dormido y en letargo, estaba despierto: traía miles de seres espontáneos, sedientos de luz y vida: el inmenso prado de azafranes de la primavera.

Y aquel hallazgo me llevó a Eliot. A un verso de The Waste Land, que me había quedado redivivo, irresuelto, desde mis tiempos de estudiante en Cuba:

“Abril es el mes más cruel,/engendrando

lilas de la tierra muerta,/mezclando

memoria y deseo,/removiendo

raíces marchitas con lluvias primaverales./

El invierno nos mantuvo abrigados,/ cubriendo

la tierra con nieve olvidadiza,/alimentando

un poco de vida con tubérculos secos.”

“April is the cruelest month breeding/

Lilacs out of the dead land, mixing

Memory and desire, stirring

Dull roots with spring rain.

Winter kept us warm, covering

Earth in forgetful snow, feeding

A little life with dried tubers.”

En Cuba, sin nieve, sin crocus vernus, sin invierno, el entendimiento de aquel verso magistral era incompleto.

Aparté la nieve y hundí los dedos en la tierra fangosa… hasta encontrar bajo el lodo el bulbo irrigado por la primavera; allí donde, terca, se agazapa la vida cuando el hielo deja todo casi muerto.

Aquella mañana, en la biblioteca de la Unidad Militar, cargué con las Tres Tragedias famosas de Shakespeare, en traducción para Aguilar de Arana Marín, y un soneto particular y misterioso que nunca he podido olvidar del todo.

Leer el festival de sangre y muerte del Hamlet y del Macbeth rodeado de fusiles y formaciones militares era algo tétrico. Romeo y Julieta, en cambio, aunque está impregnada del equívoco de la muerte, tenía esa otra parte lúdica de la amante soñada, “con quien parece que el fuego aprendió a danzar”.

Esa joya preciada en la oreja de un etíope. Beauty too rich to use, for earth too dear.

Con aquel soneto II he tenido siempre una relación angustiosa.

“Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos

y ahonden surcos en tu hermoso prado,

tu altiva juventud,

tan admirada ahora,

será un andrajo de valor escaso.

Y cuando te pregunten dónde yace

toda la belleza de tus lozanos días,

decir que en tus ojos, ya hundidos,

sería una pena estéril y alabanza vana.

¡Cuánto más merecería tu belleza

si pudieras decir: «Este hijo mío

mi deuda salda y mi vejez excusa»,

probando que su hermosura es sucesión de la tuya!

Un renacer cuando estés ya viejo,

y ver tu sangre ardiente cuando la sientas fría.”

Es el recurso con que Shakespeare trata el tema del paso del tiempo. Del envejecimiento… y lo salda en sólidos versos, con que un hijo es tu extensión y justifica tu vejez.

El otro día, salí de la playa con Pipo y, de pronto, me pidió que nos hiciéramos un selfie. Al ver la foto, recordé el episodio del poema de T. S. Eliot en la montaña suiza. Fue una revelación, el flashback de un entendimiento.

Acababa de comprender del todo aquel viejo soneto. Uno puede vibrar con la estética de unos versos. Descifrar bien su mensaje es posible, a veces, solo con ciertas experiencias de vida.

Efectivamente, llevo en la frente surcos de 40 inviernos. Por aquí les dejo ese soneto en el original.

“When forty winters shall besiege thy brow

And dig deep trenches in thy beauty’s field,

Thy youth’s proud livery, so gazed on now,

Will be a tattered weed, of small worth held.

Then being asked where all thy beauty lies—

Where all the treasure of thy lusty days—

To say within thine own deep-sunken eyes

Were an all-eating shame and thriftless praise.

How much more praise deserved thy beauty’s use

If thou couldst answer «This fair child of mine

Shall sum my count and make my old excuse»,

Proving his beauty by succession thine.

This were to be new made when thou art old,

And see thy blood warm when thou feel’st it cold.”

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