
The Shawshank Redemption, la película que la taquilla enterró y el público resucitó
Por Raúl Pecorelli ()
Tampa.- Hay películas que nacen para ser un éxito inmediato, y otras que necesitan tiempo, como el buen vino o como Andy Dufresne cavando su túnel. The Shawshank Redemption —o Cadena perpetua, o Sueños de libertad, o como quieras llamarla, que ya nadie se aclara— es de esas que llegaron con la etiqueta de «fracaso» y acabaron convertidas en la número uno de IMDb, con un 9.3 que ni El Padrino se atreve a toserle. Pero no nos adelantemos. Vayamos por partes.
La historia es sencilla de contar, pero no de olvidar. Andy Dufresne (Tim Robbins), un banquero con pinta de haber nacido con un cero a la derecha, es condenado a dos cadenas perpetuas por un crimen que no cometió: el asesinato de su mujer y de su amante. La justicia, esa señora con los ojos vendados, le dio la espalda y lo mandó a Shawshank, una prisión que haría palidecer a cualquier película de terror.
Allí, entre muros de piedra que huelen a desesperación, conoce a Red (Morgan Freeman), un veterano contrabandista que sabe cómo sobrevivir dentro del sistema. Y así, durante años, entre corruptelas, violencias y una burocracia que parece diseñada para romper el espíritu humano, Andy teje un plan de fuga que no te voy a destripar porque, si no la has visto, te estaría haciendo un flaco favor.
Motivos para verla
¿Y por qué merece la pena verla? Pues porque habla de la amistad sin necesidad de persecuciones de coches o de líos de faldas, como bien apuntó Tim Robbins. Habla de la esperanza como un músculo que hay que ejercitar, incluso cuando todo parece perdido. Y lo hace sin golpes bajos, sin sentimentalismo barato, con una dignidad que te agarra por el cuello y no te suelta hasta los créditos finales.
Es una película que te hace creer que, incluso en el lugar más oscuro, siempre hay una rendija por la que colarse. Vamos, que te da una bofetada de realidad y un abrazo al mismo tiempo.
Pero entonces llega la pregunta del millón: si es tan buena, ¿por qué fue un fracaso en su momento? Pues porque el mundo, a veces, es un lugar injusto. Se estrenó en 1994, un año que parece que los estudios se pusieron de acuerdo para soltar bombas: Forrest Gump, Pulp Fiction, El Rey León….
Shawshank quedó sepultada por el ruido. Pero el verdadero problema fue su título: The Shawshank Redemption. Intenta decirlo rápido tres veces. ¿Ves? Hasta Tim Robbins y Morgan Freeman coinciden: nadie podía recordarlo. La gente salía del cine y decía: «Me ha encantado esa de ‘Shimmy, Shimmy, Shake'». Un desastre de marketing que la condenó a recaudar miserables 16 millones de dólares en su estreno inicial.
La televisión y el videoclub la salvaron
Pero aquí llega la redención, que no podía faltar. La película encontró su salvación en el videoclub y en la televisión por cable. Turner Broadcasting, que era dueña de Castle Rock, la pasó una y otra vez en TNT y TBS, como si estuvieran empeñados en que el mundo la viera. Y el boca a boca hizo el resto.
La gente empezó a descubrirla, a recomendarla, a verla una y otra vez. Se convirtió en esa película que te encuentras un domingo por la tarde y, aunque ya sepas el final, te quedas hasta el último minuto. Porque no es solo una historia de fuga; es una historia de resistencia, de lealtad y de esa pequeña chispa de esperanza que, como dice Andy, es una buena cosa, quizás la mejor de todas.
Así que, si aún no la has visto, hazte un favor y búscala. No importa si la llamas Cadena perpetua, Sueños de libertad o Esa película de la cárcel con Morgan Freeman. Lo importante es que la veas. Porque hay películas que te entretienen, y hay películas que te cambian. The Shawshank Redemption es de esas que, cuando terminan, te dejan con la sensación de que, quizás, el mundo no está tan perdido. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.



















