
Cuba: el país donde trabajar es de mal gusto
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Usted necesita pintar la casa. No es un capricho, es que la sala tiene más manchas que un expediente judicial y el techo se llueve cada vez que cae un aguacero. Llama al pintor que conoce desde hace años, un tipo que no tiene otro trabajo, que está pasando tres varas de hambre, que fuma como una chimenea y que, además, mantiene esposa y dos hijos. Le dice que necesita pintar el techo, que le avise cuándo va a ir para comprar la marmolina y tenerla lista. Y el hombre, sin soltar el cigarro, le responde con una tranquilidad que desarma: «No, compadre, ya yo no pinto. Ahora me dedico a vender aguacates».
Vender aguacates. En Cuba. Donde todo el mundo sabe que los aguacates duran de julio a septiembre y después desaparecen hasta el próximo año. Es decir, el hombre ha decidido abandonar un oficio que podría darle trabajo todo el año para dedicarse a un negocio que solo existe tres meses. ¿Y qué hace los otros nueve? Nada. Esperar. Como si el tiempo no pasara, como si la vida fuera un paréntesis perpetuo donde el hambre se resuelve con la imaginación. Eso es lo que el castrismo ha sembrado: la convicción de que trabajar no vale la pena, de que el esfuerzo es una tontería de gente sin visión.
Un día se le rompe la pila del fregadero de la cocina. Llama al mecánico de siempre, el que lleva veinte años arreglando tuberías en el barrio, y le pregunta si puede venir a reparar la llave. «No, chico, hoy no. Estoy en casa viendo una película. Mañana voy a pescar a la presa, el jueves tengo que hacer unas gestiones, el viernes el niño tiene clases de karate, y los fines de semana yo no trabajo». Y vive de eso. De la plomería. Pero la esposa vende ropa de uso desde hace un año, y con eso van tirando. Así que el hombre puede permitirse el lujo de ver películas mientras usted tiene el fregadero roto y el agua cayendo al piso.
La destrucción de la cultura del trabajo
Llama a otro, uno que le recomendó un vecino. Le pregunta si puede venir a cambiar la pila del fregadero. Y el tipo, en vez de decir sí o no, empieza con el interrogatorio: «¿Usted tiene la pila? ¿Tiene herramienta? ¿Necesita que yo lleve equipo de corte? Es que no tengo ninguno de batería». Le dice que no, que no tiene nada. Y el otro, sin mover un músculo, sentencia: «Bueno, yo tampoco. Búsquela y me avisa el fin de semana, porque hasta el viernes tengo compromisos». Compromisos. Ver películas, pescar, llevar al niño al karate. Eso es un compromiso en Cuba. Lo mismo pasa con los albañiles, los carpinteros, los mecánicos de equipos electrodomésticos o de celulares. Todos tienen algo mejor que hacer que trabajar.
Y si usted quiere ver cómo funciona el mundo de verdad, haga la prueba. Llame a un albañil en Ciudad de Guatemala, a un plomero en Panamá o a un pintor en Suazilandia, si le parece más exótico. Juéguese lo que usted quiera a que el hombre está en su casa en unos minutos y, si no puede, porque tiene trabajo, manda a un compañero. Pero usted resuelve su problema en unas horas, cuando más. En Cuba no. En Cuba el que no trabaja vive mejor que el que trabaja, porque el castrismo enseñó a la gente que el esfuerzo no paga, que la dignidad es un lujo y que da más dinero vender dos pantalones viejos —que siempre alguien comprará— que arreglar una instalación de agua.
Qué país. Un país donde el pintor vende aguacates, el plomero ve películas, el albañil tiene compromisos y nadie tiene herramientas. Un país donde el trabajo se ha convertido en una rareza, en una excepción, en algo que solo hacen los tontos o los desesperados. El castrismo no solo destruyó la economía: destruyó algo más profundo, algo que no se arregla con un decreto ni con un discurso. Destruyó la cultura del trabajo. Y eso, mi amigo, no lo reconstruye nadie en menos de cincuenta años.



















