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Por Julia Elena Jareno Varcarcel ()

Los niños están creciendo en total oscuridad. Y no me refiero solamente a la oscuridad de los apagones. Están creciendo en la oscuridad de una sociedad que se hace añicos delante de sus ojos: escasez, violencia, miedo, familias desesperadas, escuelas con carencias y una realidad donde cada día se normalizan situaciones que ninguna sociedad debería considerar normales.

Y aquí hay otra pregunta que nadie debería pasar por alto: ¿dónde están las instituciones y organizaciones que tienen la responsabilidad de proteger a esos niños?

Cuba tiene leyes, organismos, programas y hasta un nuevo Código de la Niñez, Adolescencia y Juventudes que establece la obligación de garantizar su protección integral. Pero una ley escrita en un documento no protege a un niño que crece rodeado de violencia, carencias, miedo y desesperanza.

Porque los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les dicen.

Si ven violencia, aprenden violencia. Si ven miedo, aprenden miedo. Si ven que delinquir puede quedar impune, aprenden que las reglas no importan. Si ven a sus padres luchar diariamente por conseguir lo básico, aprenden que sobrevivir está por encima de todo.

Entonces, ¿qué se le está enseñando a una generación de niños cubanos? ¿Y quién está realmente velando por ellos?

Porque proteger a la infancia no consiste solamente en aprobar códigos, organizar campañas o celebrar estadísticas. Proteger a un niño significa garantizarle seguridad, alimentación, educación, salud, estabilidad, protección frente a la violencia y un entorno donde pueda crecer sin aprender que la supervivencia está por encima de la dignidad.

Cuando una generación crece durante años en la oscuridad social, recuperar aquello que perdió puede ser mucho más difícil.

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