
Rusia no enviará más petróleo a Cuba
Por Max Astudillo ()
La Habana.- La noticia llegó como un latigazo seco, de esos que no avisan. Era viernes en la tarde, en esta capital, cuando alguien se presentó con un cifrado en la oficina de Díaz-Canel y rompió el silencio. Del otro lado, Moscú. Pero no era para anunciar un nuevo envío de crudo, sino todo lo contrario.
Rusia, la misma que hacía apenas unos días había mandado un petrolero con 700 mil barriles de crudo —ese barco que les permitió a los castristas prender algunas luces y contar unos días sin apagones de 14 horas—, ahora cerraba la llave. Y no de golpe, sino con una lentitud cruel: primero dijeron que vendría otro buque con 490 mil barriles, después que serían la mitad, luego una quinta parte, y finalmente nada. El barco ni siquiera va a zarpar de puertos rusos.
En el despacho presidencial, el silencio previo a la explosión duró lo que tarda un hombre en entender que lo han engañado. Díaz-Canel, según una fuente de primera mano, leyó, apretó la mandíbula y, sin mediar palabra, dio una palmada sobre el buró. Fue un golpe seco, de esos que dejan la mano temblando. Y entonces soltó la frase que nadie esperaba pero que todos en su entorno conocen como su válvula de escape: «Yo sabía que el calvo ese era un hijo de puta».
El aludido: Dmitry Chernyshenko, viceprimer ministro ruso, un hombre de pelo escaso y carácter de hielo que fue quien decidió, con un gesto burocrático desde su escritorio en Moscú, que no se enviaría ni una gota de ayuda humanitaria a Cuba. Mucho menos petróleo.
Las razones de Rusia
¿La razón de fondo? Moscú no es gobierno de idiotas. Los rusos saben que ayudar a Cuba hoy es como arar en el mar: se gasta energía, pero no se cosecha nada. Primero, porque La Habana jamás cumple sus compromisos de pago.
El historial de facturas vencidas, acuerdos incumplidos y promesas líquidas es una tradición más cubana que el mojito. Pero segundo, y más grave para el Kremlin, es que ya dan por hecho que el gobierno cubano caerá. No es una especulación de pasillo: es una certeza geométrica. Los plazos que manejan en las frías oficinas de Moscú hablan de semanas, a lo sumo dos meses. ¿Para qué invertir en un cadáver político?
El castrismo ha sorteado los larguísimos apagones de los últimos meses gracias a aquel barco ruso, el Anatoly Kolodkin, que llegó hace un par de semanas. Ese petrolero fue un respiro, un parche, una mentira a tiempo parcial. Pero ahora, con la negativa de Chernyshenko, el régimen se queda sin la gasolina que mantenía el show encendido.
Y los apagones, que ya eran eternos, volverán a ser la norma. El pueblo cubano lo sabe porque lo vive en sus carnes: se acuestan con sed y se levantan con oscuridad. Pero lo que el pueblo no sabe es que en lo más alto del poder, el hombre que les prometió resistencia ahora llama «hijo de puta» al socio que le cerró la puerta en la cara.
El régimen cubano y su mal pronóstico
Hay algo de poética justicia en esta historia. Rusia, que durante décadas usó a Cuba como ficha en su tablero global, ahora la evalúa con la fría calculadora de los negocios. Y la cuenta no da. Porque el régimen cubano no solo es mal pagador, sino que además es un mal pronóstico.
Cuando Moscú decide que invertir en La Habana es perder plata y tiempo, el mensaje es claro: el barco no sale porque el puerto está condenado. Y ese barco que nunca zarpó es más elocuente que cualquier discurso de la oposición. Es la factura que los rusos le pasan a los castristas por décadas de ineficiencia y mentiras.
Así que ahora, mientras Díaz-Canel se seca la mano después de la palmada y mastica a solas su rencor contra el calvo de Chernyshenko, Cuba vuelve a quedar a la deriva. Sin el petróleo ruso, los apagones volverán a ser interminables, las colas más largas, y la paciencia del pueblo, un recurso que también se agota.
Moscú ya hizo sus cuentas: ayudar a Cuba es arar en el mar. Y el calvo ese, por más hijo de puta que le parezca al mandatario cubano, acaba de demostrar que en el Kremlin ya no les tiembla el pulso para dejar que la isla se hunda sola. La pregunta ahora no es si caerá el régimen, sino cuántos apagones más tendrá que soportar el cubano de a pie antes de que eso ocurra.






