El mago del Kremlin: el filme que valida la leyenda del autócrata Vladímir Putin

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Por Carlos Carballido ()

Dallas.- Acaba de estrenarse en EE. UU. el film The Wizard of the Kremlin, del cineasta francés Olivier Assayas, que entre ficción y realidad nos presenta una disección clínica del poder en la Rusia contemporánea tras la llegada de Vladimir Putin al escenario político de ese país excomunista.

Sin embargo, tras la muy pulida puesta en escena, surge una pregunta incómoda: ¿estamos ante una herramienta de desmitificación o, por el contrario, ante un vehículo manipulador para perpetuar la leyenda de un líder que entiende la política como un espectáculo de fuerza?

El núcleo del film no es su trama, sino la descripción de una especie de anatomía del cinismo como herramienta básica para alcanzar el poder en una nación como Rusia.

A través de la figura de Vadim Baranov (basado en el estratega real Vladislav Surkov), la película nos revela un sistema político donde la verdad no existe, y en el que se explica la naturaleza pragmática de un Putin formado en la decadencia de la KGB. Esto le permitió entender que su papel no es el de ideólogo, sino el de un nihilista táctico, para quien el poder real —blando o duro— es el principal activo político.

La Rusia de los 90

El film basa su argumento en una obra del politólogo suizo-italiano Giuliano da Empoli, caracterizado por utilizar la ficción apoyada en hechos históricos reales de la convulsa Rusia de los años 90, que dibujan con precisión cómo funciona la dinámica del poder concentrado en un solo hombre y cómo sortear los retos de una transición poscomunista cruda y socialmente violenta para convertir un país en una autocracia política que aparenta ser una democracia débil y engañosa.

El mensaje de la película es claro: la privatización no creó una clase media de pequeños accionistas, como se prometió, sino que permitió que una pequeña élite —la nomenklatura del viejo partido y nuevos oportunistas— se apropiara de los recursos naturales y las industrias estratégicas del país a precios irrisorios. La ley en la nueva nación rusa dejó de existir para ser sustituida por el poder del más fuerte o del que tenía la pistola más grande. Y Putin encarna plenamente ambas dimensiones.

The Wizard of the Kremlin no es una moraleja sencilla, sino una disección técnica del poder moderno. A través de la lente de Vadim Baranov, la película plantea que la política en el siglo XXI ya no trata sobre la gestión de recursos o la ideología, sino sobre la gestión de la percepción.

Brillo y peligro

El mensaje más inquietante es que la “verdad” objetiva ha dejado de ser relevante en la gobernanza. La película sugiere que, en una sociedad postsoviética —y por extensión, en cualquier sociedad moderna saturada de información—, la realidad es maleable. El país no se controla mediante leyes tradicionales de Occidente, sino mediante la creación de narrativas. Si logras definir cómo la gente interpreta los hechos, no necesitas censurarlos; simplemente necesitas enterrar la realidad bajo un mar de ruido y contradicciones.

Los actores que encarnan a los personajes centrales son realmente destacados: Paul Dano como Vadim Baranov, Jeffrey Wright como el periodista que viaja a Moscú para entrevistarlo, y Jude Law interpretando a Vladimir Putin con una extraordinaria similitud mimética, dibujando al líder como lo que es: un ser sombrío, inteligente y, sobre todo, dotado de un pragmatismo que bordea una mentalidad criminal si fuese necesario.

The Wizard of the Kremlin es una obra brillante, pero peligrosa. Mientras intenta diseccionar el “teatro político” ruso, termina dotando a sus protagonistas de una estatura mítica que, irónicamente, refuerza la leyenda del “líder fuerte”.

Una advertencia

Como disidentes de la desinformación, debemos ver este film no como un retrato fiel, sino como una advertencia: cuando la realidad se diseña con fines de control, la única forma de recuperar nuestra soberanía cognitiva es dejar de consumir el espectáculo y empezar a cuestionar las piezas que mueven el tablero desde la sombra.

Putin no es un líder bueno ni romántico, como no lo es nadie que gobierne un país. Al final, la historia también está mal contada, y Rusia es hoy un imperio relegado a un tercer plano, pero que sobrevive por esa misma naturaleza: control de la narrativa y dominio del Estado sobre los medios y los recursos naturales, aunque se permita a ciertos oligarcas ostentar un mundo de opulencia.

Ese es el mundo y la narrativa que construye y en la escena final está la verdad en tan solo la punta de una bala, venga de donde venga.

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