Las cuitas de un rarísimo cantor

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Por Hermes Entenza ()

Nuremberg.- Cantar es una hemorragia divina. Para el homo sapiens, modular el aire es un «gift», un nuevo órgano extra que palpita fuera de la caja torácica, para lamer la alegría o morder la pena de existir.
Componer canciones es otra cosa; esta disciplina conjuga la divinidad con un talento que debe pulirse como se pule un diamante en bruto para ser convertido en joya.

Generalmente, un cantautor necesita aprendizaje, un modelo a seguir y un maestro que sepa encauzar las dos vocaciones comprimidas en una. Raúl Torres, sin embargo, tenía un tamagotchi.

En sus cuitas matanceras– ciudad que eligió para vivir después de largarse de un poblado llamado Julia-Mabay, en la provincia Granma– una muchachita que era su amiga y confidente, al verlo descalzo y sin dinero sentado a la vera del «San Juan murmurante», tratando de rasgar las cuerdas de una guitarrita y entonando una protocanción, le confesó que tenía talento suficiente para ser un gran cantautor.

Raúl le respondió que su única vocación era ser insecto. Le explicó que sus mejores noches transcurrían cuando, al ver trozos de pizza tirados en la acera, se los llevaba a un rincón y los usaba como almohada, disfrutando la sensación de ser como una mosca sobre su tesoro.

La joven, sorprendida y pensando que el futuro cantante carecía de responsabilidad para consigo mismo y el mundo, le regaló un tamagotchi color violeta que le habían enviado de Puerto Rico. El músico nunca había visto algo así; era como un hijo al cual criar, alimentar y cuidar, tal como una mosca cuida la pizza en su rincón.

Candil de Nieve

Fue feliz al atender con responsabilidad a su criatura digital, de tal forma que salió airoso al componer un par de canciones tras garabatear tres libretas escolares y tomarse seis botellas de ron Bocoy. La vida le sonreía de forma espectacular.

Tan saludable fue su amor con el hijo digital que en pocos meses logró componer y musicalizar temas que surtieron el efecto deseado, y el público lo animó. De su relación con el tamagotchi brotaron «Nítida fe» y, después, para cerrar con broche de oro y lograr los elogios de jóvenes –incluida la muchacha del río e intelectuales consagrados–,»Candil de nieve».

La primera fue dedicada secretamente a su tamagotchi; era su amigo, su hijo, su socio de juergas y la mejor opción para intentar olvidar que él era un insecto en busca de azúcar, queso y trozos de croquetas vagabundas.

Su éxito fue tal que Raúl realizó giras por la isla y países lejanos. Se le veía emocionado al latir acompasadamente con el patrimonio universal, buscando siempre algún sitio oscuro en un rincón donde hubiera calma y restos gastronómicos para poder zumbar, meneando sus alas invisible

En muchas ocasiones, cuando el público era más numeroso y sus cantos se elevaban bajo la luz de los reflectores y el sonido de los aplausos, sentía que le brotaban las antenas y los palpos maxilares; sus ojos compuestos crecían y del mesopleurón estallaban sus alas transparentes. Era una lucha eterna entre su vocación humana y su interioridad volátil, de la cual siempre salía medianamente triunfante con la ayuda de su asistente digital.

Se le apagó el candil

Nuestro músico triunfó junto a su tamagotchi; vivieron aplausos y homenajes por doquier. Su vida estaba resuelta, pero siempre ocurre un momento climático que cambia de un tirón todo lo que sabemos, vivimos o soñamos.

Raúl Torres, para sus grandes momentos, usaba un saco de terciopelo azul. Siempre que era convocado a grandes presentaciones, su levita lo cubría elegantemente; en un bolsillo interior iba su tamagotchi, educado y sensato, guiándolo por los entramados de cualquier conversación complicada o en momentos de tomar sabias decisiones. Pero la levita era de segunda mano, y sus bolsillos internos tenían jirones zurcidos por el uso. En una ocasión fatal, por una rendija abierta en las costuras, se le fue a otra vida su adorado tamagotchi.

Es incalculable el daño ocasionado por la caída libre del cantor a los oscuros y profundos destierros autoinfligidos. El candil de nieve se apagó y hordas silenciosas invadieron su interioridad. Logró, por primera vez, ser insecto en tiempo real. Anduvo por la esfera terrestre con los nervios de punta, tragando todo lo que podía asumir como cotidianidad.

Fue quedando en el olvido, y sus canciones de la buena época resonaban tímidas en el recuerdo de los pocos que aún lo admiraban.

En esa época terrible en cantautor escribió una canción a su perdido compañero digital: «Regrésamelo todo»; y de nuevo, los dioses le tiraron un cabo al escuchar el tema. Una mañana, luego de vagar por los basureros del Hotel Internacional mientras saboreaba un trocito de Snickers que quedaba en su envoltorio, vio cómo un niño turista dejaba un flamante tamagotchi en el jardín. Lo hizo suyo al instante y, llevándolo a un técnico en electrónica, logró reiniciarlo y abrazar a su nuevo hijo.

Pero, ¡vaya casualidad! este nuevo asistente tenía una música incluida que no hubo forma de borrar: una marcha fúnebre que le aplastó el cráneo y lo llevó al paroxismo.

Una vida de altibajos

Sus antenas, palpos maxilares y calípteros se escondieron rápidamente y resurgió el cantor.
Algo le decía esa marcha fúnebre; así concibió su nueva estética, decidido a homenajear los héroes muertos, a los estadistas y la gente amamantada por el pueblo que caía en desgracia. Su plan lo llevó a cantarle a Fidel, a Hugo Chávez y a todos los caídos de su panteón personal, incluido Nicolás Maduro que un día desapareció de Miraflores; entonces le dedicó una canción llena de fe en un regreso urgente, envuelta en un olor a arepas que le recordaban su apetito nocturno.

Volvió a nacer Raúl Torres. Su éxito fue rotundo, apoteósico y brutal. Fue convocado nuevamente a cada celebración oficial. Pero también tuvo sus fallas por su condición de insecto que no se le iba del todo. En un acto del PCC vio al presidente Díaz-Canel y, con la velocidad de sus alas, se le posó enfrente y le extendió la mano.

El presidente le ofreció la suya y Raúl la apretó diciendo: «Gracias, presidente, gracias». Pero el cantor apretaba más y más, y el presidente abría más y más los ojos mientras sus dedos crujían. «¡Gracias, presidente!», y el mandatario, rojo como la bandera china, sentía que se le saltaban los ojos por el dolor espantoso en sus articulaciones. ¡Gracias, presidente!

Esa noche no durmieron; Raúl por la emoción y Díaz-Canel por el dolor en su mano derecha. Eso le costó a nuestro cantautor el no ser incluido en el Museo de la Música.

Hoy sigue cantando y componiendo exitosamente. Está enfrascado en el himno fúnebre del Ayatolá Jamenei, pero se empecina en escribir la letra en idioma persa, a pesar de que su tamagotchi se niega a ayudarlo.

Su vida ha sido dura y cargada de altibajos. Siempre quiere más el trovador, y ya está viejo. Lo que no sospecha es que, en una asamblea de dioses que han seguido su carrera –debatiéndose entre el cantor romántico y el fúnebre, entre lo humano y lo insecto–, han declarado por votación unánime que el trovero Raúl Torres será eterno. Porque, si muere, ¿quién le dedicará la canción de despedida?

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