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Por Eugenio Roque de Escobar

Hubo un tiempo en que Quemado de Güines era, como solían decir los habaneros, «un pueblo del interior». Lo decían con esa delicadeza que evitaba llamarnos guajiros. Pero, si de algo podemos sentir orgullo, es precisamente de haber nacido entre campos. Porque no existe palabra más noble que la que identifica al hombre y la mujer de la tierra. Al campo cubano le han dedicado sus versos los mejores poetas y sus canciones los más grandes compositores, porque en él vive la esencia misma de nuestra nación.

Yo recuerdo aquel Quemado de hace sesenta y cuatro años como si aún pudiera recorrerlo. Recuerdo los caminos polvorientos, los potreros, las cercas de piñón y los arroyos donde tantas veces anduve mataperreando, con una jaula al hombro o una vara de pescar improvisada, persiguiendo un tomeguín entre los matorrales o una biajaca en cualquier charco que el verano no hubiera secado.

Hace muchos años que no regreso físicamente a esos lugares, pero jamás he perdido el vínculo con mi pueblo. Desde la distancia sigo cada cambio, cada noticia, cada fotografía que me devuelve, aunque sea por un instante, a aquella tierra que nunca ha dejado de pertenecerme.

¿Cómo olvidar la imponente torre humeante del Central San Isidro? Se levantaba orgullosa sobre el horizonte y podía verse desde el mismo pueblo. Era mucho más que una chimenea: era el símbolo del trabajo, de la prosperidad y del movimiento constante que daba vida a nuestros campos. Hoy esa imagen está a punto de convertirse únicamente en un recuerdo.

Y el ferrocarril… ¡qué decir del viejo tren de vapor! Todavía, cuando cierro los ojos, me parece escuchar el largo silbido de la locomotora anunciando su llegada. Recuerdo el jadeo del motor al enfrentar una pendiente, el resoplido del vapor y el golpeteo metálico de las ruedas sobre los rieles, mientras arrastraba interminables vagones cargados de caña.

Cuando el campo cantaba alrededor de Quemado de Güines

Alrededor del pueblo existían numerosos chuchos, basculadores o romanas, como cada cual prefiriera llamarlos. Vienen inmediatamente a mi memoria el del Cura, el de Leiter, el de Rasco y el del Cementerio. Desde bien temprano comenzaban a llegar las carretas de bueyes cargadas de caña. Los carreteros esperaban pacientemente su turno para descargarla en los carros del ferrocarril, mientras nosotros, muchachos inquietos, merodeábamos por allí con la esperanza de que alguien nos regalara una caña recién cortada, dulce y fresca, cuyo jugo sabía a infancia.

Aquellos lugares eran mucho más que centros de acopio. Eran puntos de encuentro, de trabajo y de conversación. Allí se mezclaban el olor de la caña, el sudor del campesino, el chirrido de las ruedas de las carretas y el silbato del tren. Eran parte inseparable del paisaje y de la vida cotidiana de Quemado.

¿Cuántos de ellos quedan hoy?

Creo que no me equivoco si respondo con tristeza: ninguno.

Desaparecieron los basculadores, desaparecieron las carretas esperando turno, desaparecieron los trenes cañeros y casi desapareció también aquella inmensa actividad que convertía a Quemado de Güines en uno de los municipios azucareros más importantes de la región. Con ellos se fueron muchos empleos, muchas familias encontraron otros destinos y el campo perdió buena parte del bullicio que durante generaciones le dio vida.

Hoy quedan los recuerdos. Y aunque la nostalgia no devuelve lo perdido, sí nos permite conservar viva la memoria de un tiempo en que nuestros campos respiraban trabajo, esperanza y abundancia.

Quizás por eso, cada vez que escucho el canto de un tomeguín o veo una vieja fotografía del Central San Isidro, siento que una parte de aquel Quemado sigue viviendo dentro de nosotros. Porque los pueblos no mueren cuando desaparecen sus ingenios o sus ferrocarriles; comienzan a morir únicamente cuando olvidan la historia de los hombres y mujeres que les dieron vida.

Y mientras exista alguien dispuesto a recordar, el viejo Quemado campesino seguirá silbando, como aquella locomotora de vapor, entre los caminos de nuestra memoria.

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