El día que cinco hombres le hicieron un pulgar a la muerte

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Cinco tipos miraron al cielo mientras una bomba nuclear les reventaba encima. El sexto estaba detrás de la cámara, sin haber firmado para eso. Era el 19 de julio de 1957, plena Guerra Fría, y la Fuerza Aérea estadounidense necesitaba demostrar que se podía soltar una bomba atómica a 5.600 metros de altura sin que los de abajo se convirtieran en sombras chinas. Y para demostrarlo, qué mejor que poner a cinco voluntarios justo debajo. Así, sin más. Como quien prueba un paraguas nuevo.

Se llamaban Sidney Bruce, Frank P. Ball, Norman Bodinger, John Hughes y Donald Luttrell. Oficiales, todos ellos. Hombres de uniforme que dijeron que sí cuando les preguntaron si querían ser parte del experimento. Debajo de ellos, un cartelito que decía: «Zona cero. Población: 5». La bomba, un cohete Genie de dos kilotones, reventó en el cielo de Nevada. El destello fue tan brutal que hasta el desierto se estremeció. Los cinco miraron hacia arriba con unas gafas oscuras que habrían sido ridículas si no estuvieran viendo el sol hecho pedazos.

Por suerte, todo estuvo bien

El que grababa la escena era Akira «George» Yoshitake, fotógrafo de ascendencia japonesa. Pero cuidado, que él no se apuntó voluntario. Yoshitake recibió una orden: vaya a Nevada, misión especial. Cuando llegó, le dijeron que se pusiera exactamente debajo del punto de detonación. Preguntó qué protección tendría. La respuesta, textual: «ninguna». Así que el japonés se plantó con una gorra de béisbol y una cámara, mientras la historia del mundo se filmaba a sus expensas. Años después contó que varios de sus compañeros, los que dedicaron su vida a filmar bombas, murieron de cáncer. Pero bueno, ese es otro detalle que nadie pone en los libros de texto.

Los cinco sobrevivieron. Vivieron décadas, criaron hijos, se jubilaron, murieron viejos. Y eso usó el gobierno para decir: «¿Ven? Las bombas no hacen daño si explotan lejos». Lo que no dijeron es que la altura redujo la radiación, que la suerte jugó su parte y que otros participantes de pruebas atmosféricas no corrieron con la misma fortuna. Pero la imagen ya estaba tomada, el mensaje estaba claro: el átomo era seguro, confiable, hasta simpático. Una mentira vestida de verdad, como casi todo lo que sale de los despachos oficiales.

Hoy, décadas después, uno mira esa foto y siente un escalofrío distinto. Cinco hombres miran al cielo mientras una tecnología capaz de borrar ciudades del mapa explota sobre sus cabezas. Y detrás de la cámara, un sexto hombre cumple una orden que nadie le explicó del todo. No es una imagen de valor, sino de obediencia. No es un acto de patriotismo, sino de fe. Fe en que los mandamases saben lo que hacen. Fe en que el átomo es un amigo. Fe en que, si todo sale mal, al menos la foto quedará bonita. Y vaya que quedó.

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