La abuelita que le paró los pies a España

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Por Rafa Junco

Madrid.- El niño al que llamaban «abuelita» esperó cuarenta años para convertirse en héroe de un Mundial. Cuarenta años. Los mismos que algunos pasan esperando que el gobierno resuelva el problema de la luz, y mire usted, ni así. Pero Josimar José Évora Dias no se rindió. Nació en Mindelo, Cabo Verde, el mismo día que México hacía de las suyas en el 86. Su padre, que era de esos que venían fútbol hasta en sueños, le puso Josimar en honor al brasileño que la rompió en aquel Mundial. Y el chico, sin saberlo, ya cargaba un destino de gol.

Pero la vida, que es una cabrona, no le puso alfombra roja. Creció con sus abuelos, jugando en las calles de Mindelo, enfrentándose a niños más grandes que le daban con todo. Cuando perdía, que era seguido, volvía a casa con el ceño fruncido y se acurrucaba junto a ellos. Los compañeros, con esa maldad tan propia de los niños, empezaron a llamarlo Vozinha. «Abuelita». Lo que nació como una burla, con los años se convertiría en su escudo. Porque hay nombres que uno los carga como condena, y otros que los convierte en bandera.

Vozinha no siguió el camino de las estrellas, porque en Cabo Verde no hay camino de estrellas. Comenzó a los 21 años, tarde para un portero, y se fue de club en club por medio mundo: Angola, Moldavia, Portugal, Chipre, Eslovaquia. Equipos de esos que no salen en la tele, contratos que no llenan portadas. Nunca fue millonario, nunca fue famoso, nunca nadie le regaló nada. Pero él siguió ahí, bajo los tres palos, esperando. A los 40 años, cuando la mayoría ya está pensando en jubilarse y en los nietos, Vozinha seguía esperando. Y el fútbol, que a veces es justo, le dio su oportunidad.

El verdugo de España

15 de junio de 2026. Cabo Verde debuta en un Mundial. Enfrente, España, la campeona de Europa, con su tiki-taka y sus estrellas millonarias. El partido fue un monólogo: 75 por ciento de posesión para España, 27 remates, una avalancha interminable. Pero Vozinha se plantó en el área como un abuelo que no se mueve de su sillón. Siete atajadas, una de ellas a una mano después de que el balón rebotara en el travesaño. España no pudo, no supo, no encontró el hueco. El partido terminó 0-0. Y cuando sonó el silbato, el arquero de 40 años se echó a llorar. Cabo Verde tenía su primer punto mundialista, y él, su primer gran título: mejor jugador del partido.

Ahora millones lo siguen en redes, ahora el mundo sabe quién es Vozinha. El niño que corría a casa de sus abuelos, el que cargó con un apodo que intentaba hacerlo pequeño, terminó defendiendo el sueño de todo un país. Y aquella burla, aquel «abuelita» que le decían en las calles de Mindelo, apareció escrita en la camiseta de un héroe mundialista. Con orgullo. Con la misma dignidad con la que paró cada remate de España. Porque el fútbol, como la vida, no siempre se gana con dinero o con posesión. A veces se gana con cojones. Y Vozinha, señores, tiene cojones de abuelo. De esos que no se doblan ni con la artillería pesada.

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