
La metamorfosis del gusano: de apestado a salvador
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Lo que antes era una condena, hoy es un disfraz que el régimen ya no sabe cómo arrancar. Durante décadas, que te llamaran «gusano» en Cuba era la peor de las ofensas, una etiqueta que el castrismo clavaba en la frente de quien se atreviera a pensar distinto, a respirar sin permiso o a soñar con un horizonte que no fuera el de la isla. Aquel cartelito infame, colgado por los satélites del poder en cada barrio, era el principio del fin de cualquier vida digna en la isla.

Ser gusano significaba que tus hijos nunca pisarían una universidad, que tu trabajo se esfumaría como el humo de un cigarro mal liado, que cualquier noche un grupo de energúmenos se plantaría frente a tu casa para corear aquel fatídico «¡Pin pon fuera, abajo la gusanera!» mientras los huevos podridos y los insultos se convertían en la banda sonora de tu condena.
No hacía falta cometer un delito: bastaba con escuchar a los Beatles, asistir a una iglesia, leer una revista del exterior, seguir el béisbol de las Grandes Ligas o, simplemente, decir en voz baja que aquella revolución era una estafa. Los hermanos Castro, con su manía de dividir el mundo entre devotos y herejes, convirtieron la palabra en una sentencia irrevocable.

La metamorfosis del gusano
Pero la vida, como los ríos, nunca deja de fluir. Y el tiempo, ese juez implacable, se ha encargado de darle la vuelta al calcetín de la historia. Hoy, como explica Yoanis Sánchez en un vídeo que merece ser visto (https://www.facebook.com/reel/1985791985617972) y compartido, la palabra «gusano» ya no quema como antes.
El gusano de ahora es el que tiene dinero, o el que tiene familia fuera que se lo envía. El gusano viste bien, viaja, tiene paneles solares en el tejado para burlarse de los apagones kilométricos, y guarda en su nevera medicinas que el vecino, aquel que antes le escupía, ahora le pide prestadas con la cabeza gacha.

La paradoja es tan brutal que duele. En casa del gusano, el vecino carga su teléfono, enciende una lámpara para alumbrar la noche y cocina el arroz con la electricidad que aquel «enemigo del pueblo» ha conseguido con sus propios medios, porque el régimen no le ha dado ni un cable. Ahora, ser gusano es bueno. Es tener la capacidad de sobrevivir cuando el sistema te ha negado hasta la luz. Es poder compartir lo que el Estado no ha sido capaz de proporcionar. Es, en definitiva, ser más humano que aquellos que te persiguieron.
Las vueltas de la vida
Y la ironía final, la más amarga de todas, es que el gobierno, ese mismo que durante décadas demonizó a los gusanos y los empujó al exilio por mar, por tierra, por la ruta de los volcanes o por cualquier grieta que encontraran, ahora los quiere de vuelta.
Quiere que los gusanos que se fueron regresen a invertir, a tener negocios, a ser dueños de lo que ellos ya no pueden controlar. Las 176 medidas, las farmacias privadas, las casas de cambio, no son más que el reconocimiento tácito de que el régimen se ha quedado sin naipes y necesita desesperadamente que aquellos a quienes escupió vuelvan a llenar sus arcas.

La vida da vueltas, incluso en las tiranías más sanguinarias, y el castrismo, que se creyó eterno, descubre ahora que el gusano al que quiso exterminar se ha convertido en su única tabla de salvación. Pero el pueblo no olvida. Los que se fueron saben que el régimen no los quiere a ellos, quiere su dinero. Los que se quedaron saben que la única diferencia entre ellos y los que se fueron es que estos tienen la suerte de estar fuera. Y mientras tanto, la palabra «gusano», antes símbolo de desprecio, se ha convertido en una medalla de resistencia que los cubanos llevan con orgullo, porque en Cuba, al final, el gusano se ha convertido en el único que puede darle de comer al pájaro.






