
Jubilados en Cuba: escuchar a Carmen Casado es ver a mi familia
Una entrevista que no es ajena
Vi la entrevista a Carmen Casado y no pude mirarla como si fuera una historia ajena. No vi solo a una anciana cubana hablando desde un comedor de iglesia en La Habana Vieja. Vi a una mujer de la generación de mis padres, de mis suegros, de tantos cubanos que trabajaron toda su vida creyendo que el sistema al que sirvieron les iba a garantizar al menos una vejez decente.
Carmen, además, no nació en la escasez. Vivió su adolescencia en una Cuba donde todavía existía una economía más abierta, donde había otra relación con el consumo, con el trabajo y con las expectativas de vida. Ha sido testigo —en su propia biografía— de todo el proceso de deterioro: del entusiasmo inicial, de los años de subsidio soviético, y finalmente del desgaste progresivo que hoy la coloca en un comedor de iglesia. Su vida no es solo una historia personal; es una línea de tiempo del país.
Una ingeniera en un comedor de iglesia
Carmen Casado es ingeniera química jubilada. Ese dato, por sí solo, ya debería bastar para entender la magnitud de la tragedia cubana. No estamos hablando de alguien que vivió al margen del país, sino de una profesional formada, de una mujer preparada, de alguien que entregó años de trabajo y conocimiento. Y, sin embargo, allí está, en un comedor de iglesia, agradeciendo una comida porque, como ella misma dice, la cuota de la bodega no alcanza.
Esa frase me golpeó con fuerza. Primero, porque es cierta. Segundo, porque mientras Carmen la dice, otra señora mayor repite al fondo lo mismo: “no alcanza la cuota de la bodega”. Ese eco, casi involuntario, vale más que cien discursos oficiales. Ahí está resumida la verdad de la Cuba de hoy. No es una queja individual. Es un coro. Es una confesión colectiva. Es un país entero diciendo que no alcanza.
Ernesto: una vida de trabajo convertida en nada
Yo no puedo escuchar eso sin pensar en mi suegro Ernesto. Ernesto fue un hombre real, de carne y hueso, no una cifra ni un ejemplo abstracto. Trabajó en el petróleo, en Sherritt. Era electricista y lo conocía todo el mundo en la zona del Caribe y Yumurí. Se tuvo que retirar por peritaje médico, con problemas en los pulmones por los gases que inhaló durante años de trabajo. Es decir, se enfermó trabajando. Se dejó la salud trabajando. Y aun así, murió creyendo que dejaba a su viuda una buena pensión.
Esa pensión era de 1.800 pesos. Cuando se jubiló, al cambio de entonces, eso equivalía a unos 72 dólares. Él mismo lo decía con tranquilidad: al menos dejo una pensión buena. Pero la Cuba real, la de la inflación, la de la devaluación, la del peso convertido en papel mojado, terminó burlándose también de esa última certeza. Hoy esos 1.800 pesos son alrededor de 3,40 dólares.
Ese es el crimen silencioso del sistema cubano. No solo condena a la miseria. También roba retrospectivamente el sentido del sacrificio. Hace creer a un trabajador que está dejando algo digno para su familia y luego convierte ese legado en casi nada.
Pensiones en Cuba: la igualdad en la caída
Por eso cuando Carmen habla de personas jubiladas con pensiones pequeñas, yo pienso que en Cuba ya casi todas las pensiones son pequeñas. No porque siempre lo fueran, sino porque la inflación las fue triturando una tras otra. Da igual que hayas sido ingeniera química, electricista del petróleo, licenciada en química o trabajador de cualquier sector estratégico. Al final, el mercado informal te pone en tu sitio: tu pensión no vale, tu vida laboral no alcanza, tu esfuerzo no compra lo básico.

El enemigo y la explicación que resiste
Y, sin embargo, lo más duro de la entrevista no es solo la pobreza. Es escuchar a Carmen repetir una explicación que tantos cubanos mayores llevan incrustada por años de propaganda. Desde su casa deteriorada, ella dice que en Cuba se lucha por sacar adelante el país, pero que hay “un enemigo muy poderoso” ahí al lado, tan cerca que basta cruzar el mar.
Yo no siento desprecio por Carmen cuando la escucho decir eso. Siento tristeza. Porque no estoy viendo a una mujer tonta. Estoy viendo a una mujer inteligente, una profesional, una científica incluso, atrapada dentro de una narrativa que le permite soportar el derrumbe sin romper del todo con la fe que le inculcaron.
Entiendo el mecanismo. Para mucha gente de su generación, admitir que el sistema falló no es solo cambiar de opinión política. Es aceptar que una parte enorme de su vida estuvo sostenida por una mentira. Es aceptar que trabajaron, resistieron y creyeron para terminar dependiendo de la caridad de una iglesia. Y eso, emocionalmente, debe ser devastador.
Pero una cosa es entenderla y otra callar.
Lo externo y lo interno
Estados Unidos ha presionado a Cuba durante décadas, y sería absurdo negarlo. Pero no, Estados Unidos no explica por sí solo que una ingeniera química termine comiendo en un comedor de beneficencia. Estados Unidos no es quien convierte todas las pensiones en sal y agua. Estados Unidos no hace desaparecer por arte de magia las papas que la televisión cubana dice que se recogieron por toneladas y que nunca llegan al pueblo. Estados Unidos no obliga al aparato de propaganda a contar una Cuba que “avanza” mientras las casas se caen, los refrigeradores están vacíos y los ancianos hacen colas o dependen de remesas, vecinos o iglesias.
El daño más profundo en Cuba también ha sido interno. Ha sido político, económico y moral. Ha sido el fracaso de un sistema que prometió dignidad y terminó administrando escasez. Ha sido la destrucción del valor del salario y de la pensión. Ha sido la costumbre de culpar siempre a otro mientras la realidad se desmorona puertas adentro.
Una vida que desmiente el discurso
Por eso la entrevista de Carmen me parece tan poderosa. Porque ella intenta defender una explicación, pero su propia vida la desmiente. La desmiente su pensión. La desmiente su casa. La desmiente el comedor de la iglesia. La desmiente la otra anciana corrigiendo desde el fondo que la bodega no alcanza. La desmiente, incluso, el hecho de que una profesional como ella haya acabado en esta precariedad.
Yo no quiero usar a Carmen para burlarme de una anciana confundida. Quiero usar su testimonio para decir algo más incómodo: la Revolución cubana no cumplió su promesa ni siquiera con los suyos, ni siquiera con los que estudiaron, trabajaron y envejecieron dentro de ella. Y cuando un sistema lleva a sus viejos a depender de la caridad, ya no puede seguir hablando en nombre de la justicia.
Lo que duele de verdad
Escuchar a Carmen Casado fue, para mí, volver a ver a Ernesto. Volver a pensar en esa generación que se fue con la idea de haber dejado algo a los suyos y que, en realidad, fue dejando pensiones devoradas por la inflación, casas deterioradas y una lealtad política que muchas veces sobrevive incluso a la evidencia.
Eso es lo que más duele de Cuba: no solo cómo empobrece a sus viejos, sino cómo logra que muchos sigan culpando al vecino mientras se hunden dentro de su propia casa.






