El presidente Eisenhower interrumpió una conferencia de prensa para hablar de la muerte de Babe Didrikson Zaharias

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Por Datos Históricos

La Habana.- No era un gesto menor. El 27 de septiembre de 1956, antes de aceptar preguntas en la Casa Blanca, abrió su comparecencia con un homenaje a Babe Didrikson Zaharias y dijo que su lucha contra el cáncer había inspirado al país entero.

Y se entiende.

Babe no fue solo una campeona. Fue una fuerza de la naturaleza. Brilló en baloncesto, atletismo y golf; ganó dos oros y una plata en los Juegos Olímpicos de 1932 y más tarde se convirtió en una de las figuras decisivas en la creación de la LPGA, en un tiempo en que a muchas mujeres ni siquiera se les reconocía el derecho a competir con legitimidad.

Nunca tuvo condiciones iguales. Ni deportivas ni sociales.

La cuestionaban por su cuerpo, por su fuerza y por no encajar en la idea cómoda de lo que una mujer debía ser. Hasta en 1932 la dejaron sin el oro en salto alto por una técnica considerada impropia. Pero Babe hizo algo más grande que ganar: obligó al deporte a ensancharse para que ella pudiera existir dentro de él.

Luego llegó el cáncer.

Le diagnosticaron cáncer de colon en 1953. Se operó. Volvió. Y en 1954 ganó el U.S. Women’s Open por 12 golpes mientras llevaba una bolsa de colostomía. Todavía ganó más torneos después. No estaba solo compitiendo. Estaba desafiando la idea misma de derrota.

Por eso su muerte pesó tanto.

Porque Babe Didrikson Zaharias no solo batió récords. Cambió el tamaño de lo que una mujer podía ser en el deporte. Y cada atleta que después corrió, lanzó, golpeó una pelota o subió a un podio, lo hizo en un mundo que ella ayudó a abrir a la fuerza.

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