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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Cuando Miguel Díaz Canel presenta las llamadas 176 medidas económicas, insiste una y otra vez en que Cuba no avanza hacia el capitalismo, porque, según afirma, esas decisiones tienen un único propósito: salvar el socialismo y preservar las conquistas de la revolución.

Pero surge una pregunta inevitable: ¿Cuáles conquistas?

¿La conquista de regresar, en muchos aspectos, a condiciones propias de hace tres siglos? ¿La conquista de vivir entre apagones interminables, con un sistema eléctrico colapsado, sin agua potable durante días, con hospitales sin recursos, con salarios incapaces de alimentar a una familia y con millones de cubanos condenados a sobrevivir gracias a las remesas enviadas desde el extranjero?

¿Es esa la obra que ahora pretenden salvar?

Durante décadas aseguraron que el socialismo era científicamente superior, que la planificación central resolvería todos los problemas y que el capitalismo estaba condenado al fracaso. Sin embargo, después de sesenta y siete años, la propia dirigencia reconoce, aunque nunca con esas palabras, el desastre de su modelo.

El propio Díaz Canel llegó a decir que seríamos unos idiotas si creyéramos que sabíamos de economía. La frase, pronunciada como una aparente autocrítica, resulta demoledora. Es el reconocimiento implícito de que quienes dirigieron el destino económico de Cuba durante generaciones improvisaron, experimentaron y fracasaron.

Entonces cabe otra pregunta

Si no sabían de economía, ¿por qué destruyeron la economía de un país entero? Si no entendían cómo generar riqueza, ¿por qué persiguieron a quienes sí sabían producirla?

Si hoy admiten errores monumentales, ¿quién responderá por las fábricas cerradas, los campos abandonados, las familias separadas por el exilio y las oportunidades perdidas para varias generaciones de cubanos?

Ahora anuncian nuevas medidas y prometen que, esta vez sí, funcionarán. Después de casi siete décadas de fracasos, aseguran haber aprendido.

La historia obliga a desconfiar. Porque cada fracaso anterior fue presentado exactamente igual: como el comienzo de una nueva etapa, como la rectificación definitiva, como el camino correcto que finalmente conduciría a la prosperidad.

Nunca ocurrió. Lo único que creció fue la pobreza, la dependencia del Estado, el éxodo masivo y la pérdida de libertades.

No están salvando las conquistas de la revolución. Están intentando salvar un sistema que ya no puede ocultar su fracaso histórico. Y esa diferencia es enorme.

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