
La misión imposible de Rosés Hernández
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Mientras el pueblo cubano se desangra en apagones que ya no cuentan ni como noticia, Luis Roberto Rosés Hernández, viceministro primero de Transporte, aterrizó en Moscú con una nueva misión patriótica: convencer a los rusos de que vuelvan a rescatar el ferrocarril cubano. Como si el Kremlin, enredado en su propia guerra, tuviera tiempo y ganas de invertir en un país donde hasta el combustible para los trenes es un lujo que no existe.
Pero el régimen, fiel a su esencia, sigue extendiendo la mano hacia el este, esperando que el milagro soviético caiga otra vez del cielo, aunque los milagros, como los vagones de ferrocarril, llevan décadas oxidándose en patios abandonados.
Rosés declaró, con la seriedad de quien no sabe si le creen, que el 70% del material rodante cubano es de origen ruso. Tremendo dato. Ahora solo falta encontrar ese 70%, porque muchos de esos vagones llevan años convertidos en monumentos al óxido, estacionados en patios ferroviarios donde únicamente prosperan el marabú y la resignación.
Sin embargo, el viceministro no fue a la capital rusa a hablar de realidades, fue a vender espejismos. Y en eso, los funcionarios del castrismo son expertos: pueden hacerte creer que un tren averiado es una oportunidad de inversión, y que un país sin combustible puede reactivar su red ferroviaria con solo apretar un botón.
Del sueño a la realidad
En este punto, uno no puede dejar de pensar en las veces que Cuba ha insistido ante los rusos en busca de inversiones, que, al final, nunca cristalizan por temores de Moscú de que la isla, como ocurre siempre, no pague, lo deje todo a medias, o destine los fondos para cualquier otra cosa, como aquella Batalla de Ideas promovida por Fidel Castro, que dejó las arcas vacías.
Los rusos ya deben conocer cada traviesa de Cuba mejor que los propios ferroviarios. Pero ni siquiera ellos, con su sabiduría y experiencia en el trato con los cuasi mafiosos representantes de la isla, podrían hacer funcionar un sistema que el castrismo ha dejado pudrir durante décadas, mientras los directivos se forraban con los créditos que nunca llegaron a las vías.
La cumbre internacional en Moscú suena muy elegante. Los delegados cubanos se sientan en mesas de caoba, firman protocolos de entendimiento, se toman fotos con rusos de traje, y prometen un futuro de trenes rápidos y conexiones eficientes.
La realidad, mientras tanto, es mucho menos sofisticada: hay trenes que demoran tantas horas que un pasajero sale joven de La Habana y llega jubilado a Santiago. Y cuando llega, no hay combustible para volver. Pero a los burócratas eso no les importa, porque ellos viajan en aviones que tampoco tienen quién los reposte.
Solo un acto más de la misma farsa
El régimen insiste en presentar la cooperación con Rusia como la gran solución. Esa película ya pasó demasiadas veces. Llegan anuncios, se firman acuerdos, aparecen fotos, abundan los apretones de manos. Y después los cubanos siguen esperando el tren sentados sobre una maleta vieja, mirando el reloj sin saber si el viaje arrancará hoy o la próxima semana.
Esta vez, está claro, no hay milagro posible. Rusia está ocupada en su guerra, y el dinero que no gasta en misiles no lo va a gastar en un ferrocarril que no puede moverse porque no tiene diésel, y que ni siquiera podría transportar la carga porque los puertos también están colapsados.
Al final, el viaje de Rosés Hernández es solo otro acto de una obra que el castrismo lleva décadas representando: la obra de la normalidad. Como el acto del 26 de julio en Pinar del Río, como la última sesión de la Asamblea Nacional, como los discursos de Díaz-Canel, todo es una farsa para aparentar que hay gobierno, que hay plan, que hay futuro.
El pueblo, ese que se despierta sin luz y se acuesta con hambre, sabe que todas esas gestiones son humo. Los trenes no llegarán, las inversiones no llegarán, y los rusos, que no son tontos, no van a poner un rublo en un país donde el único combustible que sobra es el de las mentiras oficiales. Mientras tanto, la espada de Damocles sigue colgando sobre Cuba, y el régimen, con su pasmosa naturalidad, sigue fingiendo que no la ve.






