Abel Prieto arremete contra cubanos que apoyan sanciones e intervención en Cuba

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Por Jorge Sotero

La Habana.- Abel Prieto volvió a salir del museo ideológico donde lo tienen conservado en formol para regalarnos otra de sus joyas literarias. Cada vez que abre Facebook uno siente que no está leyendo a un intelectual, sino a un abuelo llorón al que se le perdió el control remoto de la historia.

Habla de “espectáculo monstruoso y repugnante”, como si el verdadero horror no fuera ver a un país entero sobreviviendo entre apagones, inflación y un salario que da para comprarte, con suerte, media dignidad.

Lo fascinante de Abel es esa capacidad extraordinaria para detectar enfermedades del alma ajena mientras ignora la necrosis general del sistema que lleva décadas defendiendo. Según él, están enfermos quienes apoyan a Donald Trump, Marco Rubio o sueñan con una intervención extranjera.

Nunca se le ocurre pensar que quizás el problema no sea una patología espiritual, sino el lógico agotamiento de millones de cubanos que ya no soportan vivir atrapados en un experimento político fallido que ni sus propios arquitectos sabrían explicar sin bostezar.

Abel Prieto arremete contra cubanos que apoyan sanciones e intervención en Cuba

Después viene la maniobra favorita del oficialismo: secuestrar a Martí como quien saca una estampita religiosa en plena discusión. “Sin patria pero sin amo”, cita Abel, con esa solemnidad de sacerdote laico. Lo curioso es que en Cuba llevan años repitiendo a Martí mientras convierten al ciudadano en un súbdito administrativo que necesita permiso hasta para respirar con entusiasmo. Hablar de amos desde una estructura que vigila, condiciona y castiga el disenso tiene un humor involuntario bastante fino.

El toque dramático lo pone Dámaso Alonso. Porque claro, no bastaba con indignarse: había que poetizar el berrinche. “No morderás mi corazón, madre del odio”, escribe Abel, como si estuviera resistiendo una invasión bárbara y no leyendo comentarios de Facebook desde una comodidad que millones de cubanos jamás conocerán. El hombre convierte cualquier crítica en tragedia shakesperiana. Le falta poco para hablar de cicatrices morales y tempestades del espíritu.

Y al final, como no podía faltar, remata con el viejo conjuro: “¡Cuba vencerá!”. Una frase tan exprimida que ya no moviliza ni a un gato callejero. Lo repiten como quien da cuerda a un muñeco soviético defectuoso.

Mientras tanto, la Cuba real —esa que no cabe en los posts de Abel Prieto— sigue haciendo colas, sobreviviendo apagones y soñando con cualquier cosa menos con otra arenga reciclada del mismo libreto de hace sesenta años.

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