
Receta para una cruda realidad
Por Carlos Alberto Sosa ()
TMiami.- ómese una isla hermosa, bañada por un mar imposible y bendecida por una luz que parece inventada por los dioses. Sobre ella viértanse promesas incumplidas, restricciones, prohibiciones y miedo. Agítese todo con paciencia burocrática hasta que la esperanza comience a sedimentarse en el fondo.
Añádanse después miles de personas que partieron. No importa el destino. Lo esencial es arrancarlos de raíz, como quien poda un árbol hasta dejarlo desnudo. Incorpórese el llanto de las madres que se despiden fingiendo fortaleza y el de los abuelos que ya saben que quizás no vuelvan a abrazar a sus nietos.
Agrégense apagones diarios hasta que la oscuridad deje de ser un accidente y se convierta en paisaje. Añádase también una inflación capaz de convertir los salarios en polvo, hospitales exhaustos, techos que se desploman y calles donde los edificios parecen haber comenzado una lenta conversación con la ruina.
Para lograr el sabor deseado, espolvoréese abundantemente con consignas. No importa si están vencidas o repetidas. Lo importante es cubrir las grietas para que, desde lejos, nadie note cuánto se está resquebrajando el alma del país.
Déjese reposar durante años. Décadas, incluso.
El resultado será una nación cansada de sobrevivir.
Una nación donde la palabra futuro ha tenido que emigrar tantas veces como sus hijos.
Y sin embargo, hay algo que estropea siempre esta receta. Algo que se niega a obedecer. Porque incluso entre los escombros florecen romerillos. Porque siempre aparece alguien compartiendo lo poco que tiene. Porque en algún barrio una guitarra sigue sonando. Porque el humor cubano continúa burlándose de la tragedia como si fuera un mecanismo secreto de defensa contra la desesperación.
Y porque Cuba, aunque herida, todavía respira.
Respira en quienes se fueron y siguen soñándola. En quienes se quedaron y se niegan a renunciar a ella. En quienes imaginan una patria donde la libertad no sea sospechosa, donde la prosperidad no sea un privilegio y donde la dignidad deje de ser un acto de resistencia cotidiana.
Tal vez la verdadera receta no sea esta. Tal vez la verdadera receta esté aún por escribirse. Y cuando llegue ese día, no llevará entre sus ingredientes ni miedo, ni escasez, ni despedidas. Llevará únicamente la obstinación luminosa de un pueblo que, después de tanto tiempo caminando entre cenizas, consiguió volver a creer en el amanecer.






