
Crónica de un empate que supo a nada y a todo
Por Yoyo Malagón (Enviado Especial)
Boston.- Y ya están otra vez, señores, ya están otra vez. Inglaterra y Ghana, como dos viejos boxeadores que ya no quieren pegar pero tampoco abrazarse, se miraron durante noventa minutos en el Gillette Stadium de Boston, y al final, cuando el árbitro pitó, el marcador decía 0-0. Pero no se engañen, que el fútbol no es solo eso que dice el marcador, no, el fútbol es lo que pasa entre pitido y pitido, es el sudor que no se ve, es el alma que se queda en cada centro al área, y hoy, señores, hoy el alma se quedó bailando en la raya de cal, sin saber a qué lado inclinarse.
Porque Inglaterra tuvo la pelota, sí, la tuvo y la acarició como quien acaricia un recuerdo, pero el recuerdo no se convirtió en gol. Declan Rice, ese muchacho que pega a la pelota como si le pidiera perdón, tuvo dos: una de falta, que es su especialidad, y otra de cabeza, que es su asignatura pendiente, pero ninguna quiso entrar. Y es que el fútbol tiene esas cosas, que a veces la pelota tiene dueño y otras veces tiene capricho, y el capricho de hoy fue decirle a los ingleses: «ustedes toquen, ustedes bailen, pero el arco se queda cerrado». Y así, con el primer tiempo, se fueron al descanso con las manos vacías y el alma en vilo, como novio que espera respuesta y solo recibe silencio.
Al frente, señores, al frente había una Ghana que no vino a pasear, que no vino a hacerse la foto, que vino a trabajar como quien trabaja la tierra con las manos desnudas. Líneas juntas, sacrificio, pierna fuerte y corazón más grande que el estadio, porque cuando no se tiene la pelota, se tiene el orden, y cuando no se tiene el orden, se tiene el carácter, y Ghana tuvo todo eso. Iñaki Williams corrió, y corrió, y corrió, hasta que ya no pudo más, y entonces entró Prince Adu, que tuvo el gol en los pies, pero el gol es como el amor, señores, que cuando más lo buscas, más se esconde. Y aunque estaba fuera de juego, el susto quedó clavado en los ojos de Jordan Pickford, que esa noche va a dormir con un sobresalto.
Vino entonces el segundo tiempo, bueno, ya había venido desde antes, y con él, los cambios, las esperanzas, los sueños de esos técnicos que mueven fichas como quien mueve destinos. Thomas Tuchel, ese alemán de mirada seria, mandó a la cancha a Bukayo Saka, que es pura electricidad, y luego a Marcus Rashford, que es pura velocidad, como si dijera: «muchachos, que el tiempo se acaba, que la vida es una y los mundiales también». Y en el 87, cuando ya todo parecía escrito, Harry Kane, el capitán, el hombre de los goles, cabeceó con toda el alma, y la pelota se fue al palo. ¡Al palo, señores, al palo! Que es como cuando tocas la puerta de la persona amada y te abren, pero no es ella, es el eco de ella, y te quedas con la mano extendida y la ilusión rota.
Y así, con el 0-0 en el marcador y con cuatro puntos en el bolsillo, los dos equipos dieron un paso más hacia la ronda siguiente, que es como decir que siguen vivos, que siguen soñando, que siguen caminando por ese sendero de hierba que solo entienden los que han sudado una camiseta. Porque el fútbol, señores, es esto: un empate que a unos les sabe a poco y a otros a mucho, un partido sin goles que tuvo más vida que muchos con cinco, y un silbatazo final que no fue un adiós, sino un «hasta luego, que esto no se acaba aquí». Y mañana, o pasado, o cuando el calendario quiera, volverán a saltar al césped, con la misma fe, con la misma rabia, con esa esperanza que no entiende de empates ni de palos, porque en el fútbol, como en la vida, lo importante no es siempre ganar, señores, lo importante es seguir jugando.






