
La unanimidad del miedo
Por José Estrada García
La Habana.- Existe un abismo en Cuba entre lo que el ciudadano siente en el espacio privado y lo que ejecuta en el espacio público.Mientras las asambleas y urnas devuelven cifras de aprobación aplastantes,la calle murmura la verdad: un cansancio crónico y un instinto de supervivencia que ha neutralizado la protesta.
Para entender cómo se sostiene el sistema institucional cubano —incluyendo la aprobación del texto constitucional vigente— es necesario desarmar el mecanismo psicológico y sociológico detras de la frase más repetida en la isla: Voy a votar para no marcarme, total, no se va a resolver nada.
En la psicología de la conducta,la indefensión aprendida describe la condición en la que un individuo,tras ser sometido reiteradamente a estímulos dolorosos o frustrantes sin posibilidad de cambiarlos, aprende que sus acciones carecen de impacto.
No es apatía natural;es un trauma acumulado durante décadas. El ciudadano asume que el resultado electoral o la resolución de la asamblea está prediseñado. La participación se vacía de sentido democrático y se convierte en un mero trámite biológico de presencia.
En un estado donde el monopolio del empleo, la educación,la vivienda y la tranquilidad legal pertenecen a la misma entidad política,la disidencia pública conlleva el riesgo de la expulsión social y económica,inclusive cárcel. Levantar la mano o votar en blanco deja de percibirse como un derecho y pasa a vivirse como un acto de exposición suicida. El voto,por ende,funciona como una patente de corso para seguir siendo invisible ante los ojos del poder.
El silencio o el voto a favor en Cuba raras veces significan respaldo ideológico; son, en la inmensa mayoría de los casos, un escudo de protección personal y familiar.
A nivel sociológico, este fenómeno consolida la llamada doble moral institucionalizada (o falsificación de preferencias):
El individuo divide su psique en dos roles. El yo público,que aplaude,vota a favor y repite la consigna para evitar el conflicto;y el yo privado, que padece los apagones,la escasez y planea la emigración.
La ficción del 90% o 100% de apoyo no busca convencer al mundo exterior,sino desarticular al individuo. Al ver que todos levantan la mano en la reunión,la persona se siente aislada en su descontento.Piensa:quizás el único frustrado soy yo. La unanimidad simulada impide que el descontento atomizado se reconozca y se organice como una mayoría real.
Este engranaje psicológico fue el vehículo con el que se validó el actual marco constitucional y las leyes que rigen la isla.Un cuerpo normativo aprobado no por la convicción de una ciudadanía esperanzada, sino por la resignación de una masa agotada.
Cuando el miedo neutraliza la fe en el cambio,el voto deja de ser un instrumento de transformación social para convertirse en una herramienta de control que la propia víctima ejecuta sobre sí misma y legítima.Romper ese ciclo no requiere un cambio de leyes,sino el quiebre de la barrera psicológica de la simulación.






