
La electricidad que no llega y los bolsillos que se llenan
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- En La Lisa, un municipio habanero que ya de por sí carga con el estigma de la desidia gubernamental, la corrupción ha encontrado su más reciente y vergonzosa expresión: la venta de la electricidad que no llega. No es una teoría conspirativa, no es un rumor de pasillo. Es una denuncia ciudadana que circula en redes sociales, en el grupo «La Cuba que queremos», y que retrata con crudeza lo que muchos sospechaban pero no se atrevían a vocalizar.
La intendente del municipio, Claudia Ávila, aparece señalada como cómplice o, peor aún, como la orquestadora de un negocio oscuro que convierte la necesidad de un pueblo en moneda de cambio para unos pocos.
El modus operandi es tan simple como indignante: dueños de mipymes y almacenes pagan una cifra considerable a funcionarios locales, incluyendo a la intendente, a otros miembros del gobierno y a la subestación 2076 de La Lisa, para desviar la corriente eléctrica que debería llegar a bloques enteros, como el bloque 6 de Alturas de La Lisa, hacia otras zonas que no son prioritarias pero que sí tienen dinero para pagar el favor.
El resultado: familias que apenas disfrutan de 10 o 15 minutos de luz al día, mientras sus vecinos privilegiados, los que pueden costear el soborno, tienen electricidad constante. No es un fallo técnico, es un acto deliberado de robo encubierto, una estafa que se repite en cada rincón del país.
El mismo patrón
Porque esto ocurre también en otros lugares. Es un patrón que se replica en Arroyo Arena, en el circuito 2073, donde los vecinos ya saben que algo huele mal cuando los cortes de luz superan lo razonable. Es la misma historia en Comunidad Granma La Coronela, donde los edificios del MININT no pierden la corriente ni un instante, mientras el resto del barrio se asa en la oscuridad.
Y es la misma historia en Agramonte, Matanzas, donde los apagones ya superan las 100 horas consecutivas, y nadie hace nada porque los que mandan no viven ahí, no sufren el calor, no ven cómo se pudre la comida ni cómo los enfermos empeoran sin aire ni refrigeración.
Hay quienes dicen que el primer acto de corrupción de un funcionario es aceptar un cargo para el que no está preparado. Y en ese sentido, la intendente de La Lisa y todos los que la secundan han cometido el pecado original: ocupar un puesto que les queda grande, no hacer absolutamente nada por resolver los problemas de la población y, para colmo, lucrarse con la miseria ajena. No es que no sepan, es que no les importa. La necesidad del pueblo se ha convertido en su negocio, y los apagones, en su fuente de ingresos.
Los de arriba no saben de apagones
Mientras tanto, en la cúpula del gobierno, los que deciden no saben lo que es un apagón. No han pasado una sola noche sin aire acondicionado ni han tenido que elegir entre comer o conservar los alimentos. Ellos viven en otra Cuba, una donde la electricidad no se raciona, donde los cortes son noticias de otros, donde la corrupción no les salpica porque tienen el poder para ocultarla. Pero los cubanos de a pie ya no se callan. Ya no se conforman con quejas en voz baja. Publican en redes, denuncian nombres, señalan cargos y exigen respuestas.
Y no es solo La Lisa. Es todo el país. Desde la Habana hasta Matanzas, desde Camagüey hasta Santiago, el mismo esquema se repite: funcionarios que venden lo que deberían garantizar, vecinos que pagan por un servicio que ya les fue arrebatado, y un gobierno que mira hacia otro lado mientras sus representantes se enriquecen con la desesperación popular.
La pregunta no es si esto va a cambiar, sino cuándo la indignación colectiva va a ser tan grande que ya no quepa en un comentario de Facebook, y salga a la calle para cobrar lo que es suyo: la luz, la dignidad y la justicia.






