El ejército de la cloaca: ciberclarias, pollos a la brasa y el fin de una era

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Por Elier Vicet ()

Santiago de Cuba.- Hay que verlos, qué ternura. Ahí están, los soldados digitales de la revolución, los defensores del pensamiento único, los paladines del teclado que cada mañana se levantan con la misión sagrada de salvar al castrismo de los malvados gusanos capitalistas. Son el ciberclariato, ese ejército de iluminados que pulula por las redes sociales como moscas sobre un pastel podrido.

Unos lo hacen por convicción, pobres ilusos que aún creen que Fidel Castro era un dios bajado del cielo en un tractor soviético. Otros, los más listos, cobran por ello. Y vaya que cobran. Porque resulta que ser insultador profesional en Cuba deja más dinero que ser médico o profesor. Veinte mil pesos al mes, una caja de pollo, dos pomos de aceite y una botella de ron. Ahí es nada. Con ese botín, cualquier patriota se siente millonario. O eso creen.

Y están alborotados. Como avispas en un nido pataleado. Porque el olfato de los sicarios digitales no falla: huelen que la hora final se acerca. Que la vetusta dictadura, esa abuela octogenaria que lleva décadas en silla de ruedas pero aún quiere bailar, tiene los días contados. Y entonces se desesperan. Redoblan su actividad, responden a cualquier comentario, insultan con la saña del que sabe que se le acaba el chollo.

También sacan del baúl de los recuerdos aquellos términos que Fidel Castro les inoculó a sus padres y abuelos como si fuera el suero de la verdad revolucionario: «bandidos», «mercenarios», «vendepatrias», «gusanos». Dicho por ellos, que cobran por insultar, suena casi poético. Si uno cierra los ojos, puede imaginarse a Castro en su púlpito, echando espumarajos. Pero cuando los abre, solo ve a un muchacho de veinte años, sentado frente a una laptop en alguna oficina del MININT, escribiendo barbaridades mientras se come el pollo del premio.

La ilusión del pobre, fiel

Lo más divertido, y a la vez patético, es que estos iluminados no defienden a Cuba. No. Defienden al castrismo. Defienden a los que les pagan. Porque si de Cuba se tratara, tendrían que explicar por qué hay presos políticos, por qué la gente pasa hambre, por qué los apagones se llevan la poca comida que queda en la nevera, por qué los jóvenes se juegan la vida en otros lugares, incluso en guerras ajenas.

Pero ellos no explican nada. Ellos insultan. Es su trabajo. Y lo hacen con una devoción que daría envidia a cualquier monje medieval. Bruno Rodríguez, Miguel Fernández de Cossío, Johana Tablada y toda la corte de jerarcas son sus referentes. Si esos señores dicen que el sol sale por el oeste, pues el ciberclariato lo jura. Si esos señores califican de «fascista» a cualquier opositor, pues ellos corean el mantra. Son el coro de una ópera bufa, la banda sonora de un régimen que agoniza.

Para ellos, Fidel fue un dios. Raúl, un santo. Los descendientes del apellido Castro, intocables. Y Díaz-Canel, casi un profeta. Infalibles todos. Una divinidad de cartón piedra que ellos veneran con el fervor del que sabe que si la imagen se cae, se queda sin pollo, sin aceite, sin ron y sin los veinte mil pesos miserables que apenas le alcanzan para vivir, pero que le dan el poder de sentirse superior. Porque eso es lo que vende el castrismo: la ilusión de que ser pobre pero fiel es mejor que ser libre. Y ellos compran. Claro que compran. A cambio de una caja de pollo. Qué negocio. Qué dignidad. Qué patético.

La hora de rendir cuentas

Pero llegará el día, y no está lejos, en que el ejército de la cloaca tenga que rendir cuentas. No las rendirán ante un tribunal internacional, porque esos señores son muy hábiles escondiéndose tras las leyes que ellos mismos inventaron. Las rendirán ante su propio pueblo. Porque cuando la dictadura caiga, cuando el apellido Castro deje de ser un salvoconducto y se convierta en un estigma, los vecinos sabrán quién fue quién.

Sabrán quién cobró por insultar al hambriento, quién defendió al verdugo, quién se llenó la boca de patria mientras vaciaba la de su vecino. Y entonces, el pollo a la brasa sabrá a hiel. Y el ron, a derrota. Que se lo vayan guardando. Que el tiempo se acaba. Y la historia, esa señora implacable, no entiende de cajas de aceite. Solo de justicia. Y la justicia, aunque tarde, siempre llega.

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