La noche que el muro se hizo polvo y la gente volvió a soñar

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- La noche del 9 de noviembre de 1989, miles de alemanes del Este no cruzaron hacia una teoría económica. Cruzaron hacia una posibilidad. Después de veintiocho años, once meses y once días de tener el mundo partido en dos por un bloque de hormigón armado, alguien dijo que las fronteras se abrían. Y la gente, que ya no creía en nada, se lo creyó todo de golpe.

No esperaron. No pidieron permiso. No llamaron a nadie. Simplemente cogieron abrigos, cogieron a los niños, cogieron la esperanza mal guardada y echaron a andar hacia el este, hacia el oeste, hacia ninguna parte y hacia todas al mismo tiempo.

Porque durante décadas, la Alemania Oriental les había vendido un cuento: seguridad, empleo, estabilidad. Pero el cuento venía con vigilancia, con censura, con la Stasi escuchando detrás de cada pared y con el miedo instalado en el salón de cada casa.

Nadie sabía quién era confidente. Nadie podía viajar sin un permiso que casi nunca llegaba. Nadie podía abrir la boca sin temor a que una palabra mal colocada acabara en un expediente de los que te arruinan la vida. Eso no era socialismo. Eso era una cárcel sin techo, con fábricas y avenidas anchas.

El cruce hacia la libertad

Al otro lado del muro, Berlín Occidental no era el paraíso. Pero era algo que el Este había prohibido durante años: movimiento. Elegir. Leer lo que te diera la gana. Criticar al gobierno sin que llamaran a tu puerta a las tres de la madrugada. Era la diferencia entre vivir y sobrevivir, entre ser ciudadano o ser número de ficha. Por eso, cuando aquella noche un funcionario atropellado en rueda de prensa dijo que los pasaportes se expedían «de inmediato», la gente no lo dudó. Fueron al muro como quien va a su propia libertad.

En Bornholmer Strasse, los guardias se quedaron en cuadro. No tenían órdenes. No tenían teléfonos que funcionaran. Y tenían delante a miles de personas que ya no estaban dispuestas a esperar ni un minuto más. Así que, como pasa cuando la historia decide adelantarse a los políticos, las barreras se abrieron. Y entonces ocurrió una de esas imágenes que no se olvidan aunque te borren la memoria: gente llorando, gente riendo, gente tocando el hormigón como si fuera una tumba recién abierta. Alguien empezó a picar con un martillo. Y en pocas horas, el muro dejó de ser muro y se convirtió en souvenir.

Aquella noche, los alemanes del Este no votaron por el capitalismo. No le hicieron un cheque en blanco a occidente. Lo que hicieron fue mucho más simple y mucho más profundo: decidieron que ya no querían que nadie les dijera por dónde podían pasar, qué podían leer ni en qué podían creer. Cruzaron hacia la libertad como quien cruza hacia el aire después de estar mucho tiempo sumergido. Y cuando una sociedad corre hacia una frontera que acaba de abrirse, no hay policía, no hay tanqueta, no hay discurso oficial que la detenga. Porque la libertad, cuando ha sido negada durante años, no camina despacio. Corre. Y esa noche, corrió tan rápido que dejó atrás la historia. Y empezó otra.

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