
El día que Ali se sintió pequeño
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Muhammad Ali llegó al set de Doce del patíbulo con la seguridad de quien sabía que era el hombre más grande del planeta. Medía 1,91 metros, tenía la complexión de un dios griego y estaba acostumbrado a mirar por encima del hombro a casi todo el mundo. Al día siguiente defendería su título de los pesos pesados contra Brian London, y nadie, absolutamente nadie, podía hacerle sombra. O eso creía.
Entonces apareció Clint Walker. El actor, famoso por la serie Cheyenne, medía 1,98 metros y tenía unos hombros que parecían diseñados para sostener el cielo. No era solo más alto: era más ancho, más robusto, más imponente. Cuando se puso frente a Ali, el campeón del mundo tuvo que levantar ligeramente la mirada para mirarlo a los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, «El Más Grande» no era el más grande de la habitación.

Dos grandes
La fotografía capturó ese instante de vértigo. Ali, con su sonrisa y su pose de boxeador, parecía casi un peso welter al lado del gigante de Hollywood. Walker, con su uniforme militar y su rostro de vaquero impasible, miraba al campeón con la tranquilidad de quien sabe que no necesita demostrar nada. No era un boxeador, pero su presencia física bastaba para recordarle a Ali que el mundo está lleno de hombres grandes, y que la grandeza tiene muchas formas.
Walker era el gigante del cine: silencioso, sólido, hecho para llenar pantallas sin necesidad de hablar. Ali era el gigante del deporte: rápido, elocuente, capaz de hipnotizar a una multitud con su lengua antes de noquear a un rival. En ese encuentro fugaz, dos mundos chocaron. Y el boxeador, que había hecho de su tamaño una bandera, descubrió que hay gigantes que no se miden en centímetros, sino en presencia.
La visita terminó. Walker siguió rodando una película que se convertiría en un clásico, y Ali noqueó a London al día siguiente. Pero la imagen quedó para siempre: el campeón del mundo, el hombre que se autoproclamaba «El Más Grande», mirando hacia arriba para encontrar a alguien que, al menos esa tarde, era todavía más grande que él. A veces, la vida te recuerda que siempre hay un gigante esperando a la vuelta de la esquina.






