
La feria de los tontos
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- Existen opositores cubanos que, aun en su cautiverio intelectual, serían capaces de dirigir un gobierno de transición en Cuba sin ninguna dificultad. Son políticos de nacimiento, no de formación; personas que llevan consigo proyectos democráticos dignos de observar, constatar y utilizar en caso de una eventual desaparición de la dictadura cubana.
En el exilio también existen ese tipo de opositores que no solo predican libertad, sino que han formado plataformas con objetivos prácticos de gobernabilidad. Existen afuera y adentro. Me encantaría mencionar algunos, incluso algunos que ya tienen conformado un programa de transición poscastrista. Estados Unidos los conoce y, seguramente, los tiene en su agenda como posibles sustitutos de la dictadura.
Sin embargo, me gustaría hacer una salvedad: no todos los que se oponen al régimen, gritan libertad y van a prisión son aptos para tan grande encomienda.
Existe entre los cubanos un pensamiento lineal que parte de la idea de que todo aquel que se opone al régimen sirve automáticamente para gobernar Cuba. Los cubanos estamos tan desesperados por salir del castrismo que cualquiera nos parece bueno. Basta con que alguien haya estado preso, haya protestado o haya desafiado al régimen para que algunos ya lo consideren candidato a la presidencia de Cuba.
Pero nada está más lejos de la realidad.
Una cosa es con guitarra, y otra…
Para la gran mayoría de los cubanos de a pie, cualquier cosa parece mejor que la dictadura. Y es comprensible. Después de décadas de frustraciones, escasez y falta de libertades, el deseo de cambio puede hacernos perder de vista una verdad elemental: una cosa es oponerse y otra, muy distinta, es gobernar.
Hay quienes creen que, porque alguien defiende la democracia y la libertad y, por hacerlo, termina en prisión, ya está capacitado para asumir las riendas de una nación. No es así.
Pueden levantarle pedestales, hacerle estatuas e incluso proclamarlo como un nuevo mesías, pero, llegado el momento, la realidad política se impondrá.
Gobernar un país no consiste únicamente en tener buenas intenciones, haber sufrido persecución o haber demostrado valentía frente a una dictadura. Gobernar exige preparación, conocimiento, visión de Estado, capacidad administrativa, experiencia y, sobre todo, un proyecto viable para reconstruir una nación devastada.
Existe, desde hace mucho tiempo, una verdadera cofradía de intelectuales, ingenieros, economistas, empresarios y políticos preparados para asumir esa responsabilidad. Muchos de ellos han trabajado durante años, dentro y fuera de Cuba, estudiando los problemas del país y diseñando propuestas para una eventual transición democrática.
Por eso, quienes creen que cualquier disidente que llegue al exilio, después de haber sufrido prisión o persecución, está automáticamente capacitado para asumir esa enorme responsabilidad, podrían estar cometiendo un grave error.
Y llegará el día —ese día que, tarde o temprano, habrá de llegar— en que la realidad les demostrará que el león no es tan fiero como lo pintan.
Porque una cosa es hablar de política y otra muy distinta es gobernar.
Una cosa es con guitarra… y otra muy diferente es con violín.
Si observamos con objetividad la nueva ola de disidentes cubanos que han llegado y que aspiran a ser parte de una nueva Cuba en democracia, nos damos cuenta que, gritar, protestar y alardear, no significa gobernar.






