Comparte esta noticia

Por Max Astudillo ()

La Habana.- Miguel Díaz-Canel subió al podio del XXIV Encuentro Internacional de Partidos Comunistas y Obreros con la misma seguridad del que repite un libreto que ya no engaña a nadie. Habló de «celoso guardián de los intereses del pueblo», como si el Partido Comunista de Cuba no fuera la casta más privilegiada y corrupta que ha gobernado la isla por seis décadas.

«Partido de élites», dice. Y tiene razón, aunque no como él cree. Es una élite de burócratas que viven en barrios blindados, que nunca han hecho una cola para un pan que no llega, que viajan en aviones mientras el pueblo camina 20 kilómetros para conseguir un medicamento. Esa es su democracia, esa es su representatividad: la de los que levantan la mano en la Asamblea Nacional sin cuestionar nada, la de los que aplauden cuando el jefe habla y callan cuando el pueblo sufre.

El legado de miseria de Fidel: la farsa de Díaz-Canel
Alumno y maestro

«El socialismo es la única salida», repite Díaz-Canel, como un loro entrenado por Fidel. Y el socialismo cubano, con 67 años de experiencia, ha logrado un éxito innegable: convertir a Cuba en el país con la mayor diáspora per cápita del mundo, en el ejemplo perfecto de cómo destruir una economía, en el museo viviente de la utopía fallida.

Las alternativas que él defiende son las mismas que han llevado al pueblo a comer cable, a beber agua contaminada, a vivir sin electricidad, a morir sin médicos. Pero él habla de «barbarie capitalista» mientras su régimen negocia con capitalistas saudíes y rusos, mientras su gobierno abre la puerta a inversores extranjeros para que le paguen el rescate de un barco que él mismo hundió.

Una falacia tras otra

Las «respuestas» que Díaz-Canel esgrime como trofeos son la burla más cruel. Habla de vacunas contra el COVID, pero el pueblo cubano no tiene medicinas para las enfermedades de todos los días. Menciona la producción agroecológica, pero la agricultura cubana produce menos que en 1959. Alardea de energía limpia, pero la isla se queda a oscuras cuatro veces al mes.

Y la «participación popular» que él defiende no es más que el control del barrio a través de los CDR, el dedo acusador de los que vigilan, la delación como política de Estado. Las milicias de las que habla no son más que soldados de un ejército que cuida hoteles vacíos mientras la población se muere de hambre.

El legado de miseria de Fidel: la farsa de Díaz-Canel
Los apagones, el principal legao de Fidel Castro

«Resistencia firme y creativa», dice el presidente, sin mencionar que la «creatividad» del cubano es inventar cómo sobrevivir sin agua, sin luz, sin comida, sin nada. La «unidad» de la que habla no es más que el miedo a hablar, la complicidad del silencio, la traición de los que se callan para no perder el hueso.

Díaz-Canel defiende un modelo que se «actualiza» sin cambiar nada, que hace 176 medidas que no son más que parches en un cadáver. Y mientras él habla de «principios socialistas», los hijos de la cúpula y los de los genrales y amigotes estudian en Miami, viven en Madrid y cobran en euros.

La ruina legada por Fidel Castro

Y luego viene lo más vomitivo: la invocación de Fidel Castro. «Nos legó la certeza de que los sueños se conquistan defendiendo las ideas», dice. Sí, las ideas de Fidel, que empezaron con un asalto a un cuartel y terminaron con un país en ruinas. Fidel, que siempre supo dónde ponerse a salvo, que envió a su hermano al lugar más seguro y luego se escondió para salvar el pellejo. Fidel, el dictador que convirtió a Cuba en el patio trasero de la Unión Soviética, el que destruyó la industria azucarera, el que acabó con la prensa libre, el que convirtió a los cubanos en mendigos de un bloqueo que él mismo provocó.

«El internacionalismo no es una frase», dice Díaz-Canel. Pero para los cubanos, el internacionalismo ha sido mandar médicos a otros países mientras los hospitales de la isla se caen a pedazos, enviar maestros al extranjero mientras las escuelas de Cuba no tienen pupitres. La lección de Fidel no es la solidaridad, es la explotación.

El legado de miseria de Fidel: la farsa de Díaz-Canel

El legado de Fidel no es una certeza, es una ruina. No es una enseñanza, es una condena. No es un camino, es un callejón sin salida. Díaz-Canel habla de salvar a la humanidad del abismo, pero su régimen ya ha llevado a Cuba a ese abismo.

Y mientras él defiende a Fidel, el pueblo cubano se pregunta si alguna vez hubo alguien más culpable de su miseria que ese hombre de barba que se llevó su libertad, su trabajo, su futuro y hasta su dignidad. Díaz-Canel, el apóstol de las mentiras, sigue repitiendo el mantra de que el socialismo es la única salida. Pero la única salida que los cubanos ven es la puerta de salida del país. Y ahí está el verdadero legado de Fidel: un pueblo que huye.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy