El día que conocí a los lancheros de la droga

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Por Luis Alberto Ramírez ()

Un testimonio desde el Combinado del Este

MIami.- A finales de 1989 caí preso en Cuba y fui recluido en el Combinado del Este. Pasé por varias galeras hasta que finalmente terminé en el primer piso del edificio tres, ala norte. Allí, sin saberlo todavía, comenzaría una de las experiencias más interesantes y reveladoras de mi vida como prisionero.

En aquella galera conocí a varios narcotraficantes procedentes de Miami, encarcelados como consecuencia de la primera gran causa de aquel año contra generales castristas presuntamente involucrados en el tráfico internacional de drogas.

La mayoría eran lancheros. Se dedicaban, según me contaron, al trasiego de estupefacientes desde Colombia hacia La Habana y, desde allí, con destino al sur de la Florida.

Algunos —no todos— hablaban inglés. Yo hablaba un poco y podía entender buena parte de sus conversaciones. Al principio, ellos no sabían que yo comprendía el idioma. Por eso, cuando querían hablar entre ellos con cierta discreción, cambiaban al inglés. Yo los escuchaba con curiosidad, tratando de entender qué había ocurrido para que aquellos hombres terminaran en una prisión cubana.

Con el paso de los días comprendí que estaban desconcertados.

Se sentían engañados, defraudados y, en ocasiones, sencillamente confundidos. No podían entender cómo una operación que, según ellos, había sido aprobada por la máxima dirección del país había terminado llevándolos a prisión.

Aquello despertó mi curiosidad.

La desconfianza inicial

Entre los reclusos había un hombre que decía pertenecer a la DEA. Se llamaba Arturo, aunque siempre he pensado que probablemente ese no fuera su nombre verdadero. Así se hacía llamar.

Cuando Arturo descubrió que yo hablaba inglés, inmediatamente sospechó de mí. Pensó que podía ser un informante del Ministerio del Interior colocado allí para escuchar sus conversaciones y transmitirlas a las autoridades.

No puedo culparlo. En una prisión política cubana, la desconfianza no era una enfermedad: era un mecanismo de supervivencia.

Pero el tiempo terminó demostrando otra cosa.

Poco a poco comprendieron quién era yo y, sobre todo, cuáles eran mis posiciones frente al régimen. Llegaron a darse cuenta de que yo era más anticastrista que Posada Carriles y que, por tanto, podían confiar en mí.

Quizás también influyeron las visitas que recibía de funcionarios de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana. El caso es que aquella desconfianza inicial terminó desapareciendo.

Y entonces comenzaron a hablar

Me contaron una historia que, de ser cierta en los términos en que ellos me la relataron, no solamente explicaba cómo aquellos hombres habían terminado presos en Cuba, sino que podía arrojar luz sobre una parte mucho más profunda y oscura de la relación entre el poder cubano y el narcotráfico internacional.

Lo que escuché en aquella galera no procedía de un libro, ni de un archivo desclasificado, ni de una investigación periodística. Procedía de hombres que habían participado directamente en aquellas operaciones y que, desde una prisión cubana, trataban de entender por qué quienes —según su propio relato— les habían permitido realizar aquellas operaciones terminaron convirtiéndolos en delincuentes y encarcelándolos.

Aquellas conversaciones quedaron grabadas en mi memoria.

Muchos años después sigo pensando en ellas porque, detrás de aquellos hombres, de aquellas lanchas y de aquellos cargamentos, había algo mucho más grande: una estructura de poder que, según el relato que escuché entonces, utilizaba el narcotráfico como instrumento de sus intereses y que posteriormente necesitó sacrificar a algunos de sus propios colaboradores para protegerse.

¿Hasta dónde llegó aquella operación? ¿Quiénes la autorizaron realmente?

¿Por qué aquellos hombres confiaban en que tenían protección desde Cuba?

¿Y cómo consiguió el régimen cubano, según el relato que me hicieron, engañar incluso a organismos de inteligencia estadounidenses?

Estas preguntas forman parte de una historia que escuché tras las rejas del Combinado del Este.

En una próxima entrega les contaré cómo, según el testimonio de aquellos hombres, la dictadura cubana se burló de la DEA y de la inteligencia estadounidense, y cuál fue el papel que desempeñaron aquellos lancheros en una operación que terminó convirtiéndose en una de las historias más oscuras de la Cuba de finales de los años ochenta y noventas.

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