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Por Ramón Muñoz Yanes ()

Madrid.- Nada. Un día me creí exiliado, y era falso. No me siento parte de un exilio, porque para tener esa sensación se ha de tener patria, y no la tengo, no la quiero. No se ama lo que produce salivación, sino el vómito casi alegre de quien gesta la náusea de quien se sabe podrido por su lugar de nacimiento.

Si me pidieran una foto de mi tierra, la más apropiada sería ésta: una vela en una inmensa oscuridad, y no es un reflejo de esperanza. Es una variante de tortura que solo te muestra una soledad inmensa, la desazón, no del invidente, sino la soledad de no pertenecer, en conciencia, a una tierra sin alma; del que mira al otro lado y te llama compatriota; del que sonríe al esbirro; del silencio cómplice; del que es capaz de pagar un pasaporte firmado por el que apalea a su hermano. Del que alimenta al sátrapa con sus viajes y te pregunta: «¿Tú también eres cubano?» Mi respuesta ya es no, y muchos lo saben: lo fui, y no por elección.

Patria debe tener un sabor dulzón en los labios. La mía me transmite el sabor de la comida recogida en la basura por mis ancianos, que a su vez también merecen el sabor a bilis del alimento semipodrido. Gritaron demasiadas veces «paredón y escoria», eran creadores de orfandad y familias rotas, de llantos de madres y tristeza de huérfanos. No se puede exiliar a un apátrida convencido, a un tipo que escupe sobre un pueblo adicto a delinquir, a callar, que elige la puñalada al hermano hambriento antes que la pedrada al esbirro.

Intento una referencia a la que aferrarme, y se desvanece en un segundo. No se puede vender un grito de protesta por el manjar más codiciado, si este gesto te dejará sentado en la miseria moral del dictador. Llevo años escribiendo por Cuba. Me resisto a creer que un país pueda tener un cáncer moral insalvable, tanta marginalidad dibujada de arte, tanta mujer vendida por migajas, tanto disfraz de hombre con nombres de feria.

A veces quisiera llorar por muertos vestidos de irrespeto, por vomitivas religiones que elaboran trabajos con cadáveres mutilados y profanados, con organizaciones cuyos méritos relevantes sean mutilar rostros y apuñalar semejantes. Somos más que un pueblo: un enorme ano, una alcantarilla nauseabunda de ratas sin el menor prejuicio, sin el menor civismo.

Por estos días, un Gorbachov femenino pretende vender a destajo las ilusiones perdidas de un exilio que, a falta de héroes, asiste a un circo único donde el disidente y el esbirro son parte del elenco. Cuba pidió tanto paredón y usó tanta sangre de abono, que solo la sangre podrá limpiarla, sangre de traidores y esbirros, de todo tipo de culpables. Llamen odio al desprecio, y usen la perspectiva de su mundo marginal; todo lo que crezca, nacido en ustedes, tendrá frutos secos, incapaces de la menor nobleza moral. Si me preguntan qué es patria, les digo que es una vela en la más cerrada oscuridad. Y les confirmo, sin pesar ni la menor de las vergüenzas, que la voy a soplar, porque no tengo nada.

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