
La soberanía como disfraz: cuando el capitalismo devora la revolución
Por Eduardo Díaz Delgado ()
Madrid.- La debacle es tal que ya hablar de soberanía es un insulto. La gente no está dispuesta a morir así en nombre de algo que no conoce. Cuba no es soberana; el soberano —el pueblo— no tiene poder. La soberanía de Cuba hoy importa tan poco que la gente está dispuesta a irse, a renunciar no a la soberanía, sino al país. Es triste, pero han matado a la Cuba que va en el pecho de mucha gente.
Eso lo ha hecho la revolución, el desguace de gobierno de Díaz-Canel y la continuidad de una obra que no ha servido nunca y siempre ha ido deteriorando la puesta en escena. Pero llega un momento en que los recursos se acaban, que todo se seca. Ese momento ha llegado. Aun así, no se van; habrá que sacarlos, probablemente a patadas, o se morirá literalmente el pueblo de Cuba.
Sería cómico si no fuera trágico que el comercio hoy depende más de EE.UU. que nunca. La inversión es más importante de los cubanos que se fueron, los que no querían ni necesitaban. Las vueltas que da la vida, tres Doritos después.
Trump está guiando a Díaz-Canel hacia el capitalismo, sin meterle el pie, pero haciendo que se doblen esos principios revolucionarios. Esos en los que ni Canel, ni Raúl, ni el Cangrejo creen. Esos en los que disfrazan su descaro para tener sus negocios ultra capitalistas, pero que, en esta situación que ellos mismos han creado, se vuelven necesarios.
Trump les ha hecho quitarse el disfraz, o cambiarlo por uno que enseñe más carne. Tú me entiendes.
Ahora bien, a estas alturas, el que no vea lo que se está enseñando es porque tiene deseos de no ver, o está comiendo mierda, que también. Tú sabrás cuánto más vas a esperar. Me dices si estás pa’ algo.






