
La Patria que vino conmigo
Por Julia Jareño ()
Miami.- De tantos «besos de la Patria» que recibiría como reconocimiento cuando niña, nunca pasó por mi mente que, años más tarde, en un aeropuerto, terminaría besándola de verdad. Fue un beso de «hasta pronto», aunque para mí se sintió como un beso de despedida. Y aunque quedó muy poco de mí en aquella tierra, mi Patria vino conmigo. Vino en mí, en mi esencia, en mi gusto sobrenatural por el café, porque a cualquier hora y en cualquier momento siempre siento que puede hacerse «un buchito de café».
Vino también en millones de recuerdos: mi cuartería en el Batey, el fango, el olor a melao, el bagacillo… y aquella tristeza que después cargaron tantos, cuando a «alguien» se le ocurrió desmantelar el central y, con él, robarle la vida a mi Chaparra. ¡A mi pedazo de Patria!
La traje conmigo en mis costumbres tan de campo, en las frases que aprendí de mis mayores: «¡Caramba!», «¡No hay mal que dure cien años!». Pero resulta que yo sí conozco uno que ha durado demasiado y que, en su camino, ha cobrado demasiadas vidas. Ni Tati Roche, ni Carlos Folgueira, ni Chano Cabeza pudieron ver el final de ese mal.
El regreso que sueño para mi hijo
Aun así, sigo creyendo. Creo que Dios permitirá que algún día mi hijo pueda viajar hasta ese lugar que su madre llama Patria, y aunque no haya nacido en ella, deseo que pueda sentirse hijo de ella, porque allí están también las raíces, los recuerdos y la historia que su madre lleva en el alma.
Y cuando llegue ese día, quiero que mi hijo conozca la Patria que yo soñé, no la que me obligó a despedirme de ella. Quiero que camine por mi Chaparra y encuentre vida donde yo dejé recuerdos. Que pueda tomar un café sin que ese café tenga sabor a nostalgia. Que escuche el nombre de Cuba y no lo relacione con despedidas, exilios ni ausencias.
Porque yo ya tuve que besar a mi Patria desde un aeropuerto. Mi hijo merece besarla desde su tierra. Y esta vez no para decirle adiós, sino para decirle: «Llegué, Patria. Y eres libre.»



















