
La mano que agarró al buzo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El buzo descendió para recuperar cadáveres. Cuando intentó sujetar una mano inmóvil en la oscuridad, la mano lo agarró. A treinta metros bajo el océano, Harrison Okene llevaba casi sesenta horas esperando que alguien descubriera que todavía estaba vivo. Era el 26 de mayo de 2013, y el cocinero de 29 años no había tenido tiempo ni de vestirse. Una ola volteó el remolcador, el agua entró y el barco se fue al fondo como una piedra.
Harrison nadó hacia el interior mientras el agua subía. Encontró una bolsa de aire en el techo del barco invertido. Allí se quedó, con la cabeza apenas fuera del agua, escuchando gritos que poco a poco se fueron apagando. Once compañeros murieron alrededor. Él se sujetaba a una plataforma de madera que improvisó con paneles arrancados, masticaba sardinas y bebía algo de líquido que flotaba. El frío era constante, la oscuridad absoluta. No sabía si era día o noche.
Arriba, su familia ya lo había dado por muerto. Los buzos no buscaban supervivientes, solo cuerpos. Hasta que uno de ellos se topó con una mano pálida. El buzo pensó que era otro cadáver y extendió el brazo para sujetarla. Entonces la mano cerró los dedos sobre él. La cámara del casco captó el momento: el buzo retrocedió de un brinco mientras en la superficie comprendían que había un hombre vivo dentro del barco.
Pero el rescate no fue inmediato. A treinta metros de profundidad, el cuerpo de Harrison había absorbido tanto nitrógeno que un ascenso rápido lo mataría. Lo calentaron con agua, le pusieron equipo y lo condujeron a una campana. Pasó días en una cámara de descompresión, bajando la presión poco a poco. Cuando salió, era el único superviviente de los doce tripulantes.
La noche le trajo pesadillas: sentía que la cama se hundía. Pero Harrison no huyó del mar. Se hizo buzo profesional y volvió a trabajar bajo el agua, a profundidades mayores que aquella. No volvió porque hubiera olvidado el miedo. Volvió porque se negó a que aquella habitación oscura decidiera el resto de su vida. Y esa, quizás, es la parte más asombrosa de la historia.






